La lluvia no provoca desastres; La vulnerebilidad del territorio sí

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Marcelo Caverlotti


La lluvia no provoca desastres. Los desastres ocurren cuando un territorio no está preparado para recibirla. El sistema frontal que afectará a Chile a partir del próximo miércoles vuelve a poner esta realidad sobre la mesa, pero la discusión pública continúa centrada en la pregunta equivocada. No deberíamos preguntarnos únicamente cuánto va a llover. La verdadera pregunta es cómo responderá nuestro territorio frente a esa lluvia. En ingeniería hidrológica existe un principio ampliamente conocido: una misma tormenta puede producir consecuencias completamente distintas dependiendo de las condiciones de la cuenca donde ocurre. No basta conocer la cantidad de agua que caerá; es indispensable comprender el estado de saturación de los suelos, la capacidad hidráulica de los cauces, la respuesta de los sistemas de drenaje y el nivel de transformación que ha experimentado el territorio. En otras palabras, la lluvia constituye una amenaza natural; el desastre aparece cuando esa amenaza interactúa con un territorio vulnerable.


La Región Metropolitana constituye el territorio urbano más expuesto del país frente a este tipo de eventos. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, concentra más de 8 millones de habitantes, aproximadamente el 40 % de la población nacional, y genera una proporción similar del Producto Interno Bruto de Chile. En ella se localizan la principal red vial, el Metro de Santiago, hospitales de alta complejidad, infraestructura energética, centros logísticos, redes de telecomunicaciones y buena parte de la actividad económica nacional. Por ello, el éxito de un sistema frontal no debería medirse únicamente por la cantidad de milímetros registrados en un pluviómetro. Debe evaluarse por la capacidad de mantener operativa esa infraestructura crítica y, sobre todo, de proteger la vida de las personas.


Durante las últimas décadas, la expansión urbana reemplazó extensas superficies naturales por pavimentos, carreteras y edificaciones. Allí donde antes el agua infiltraba lentamente el suelo, hoy escurre rápidamente hacia colectores que, en muchos casos, fueron diseñados bajo condiciones climáticas muy distintas a las actuales. El resultado es conocido: calles anegadas, interrupciones del transporte público, cortes de energía, daños en viviendas, afectación de servicios esenciales y elevados costos económicos para el Estado y las familias. Existe, además, un fenómeno técnico que pocas veces forma parte de la discusión pública: la respuesta de la cuenca.


Cuando un sistema frontal ocurre sobre suelos ya saturados por precipitaciones anteriores, la capacidad de infiltración disminuye drásticamente y gran parte del agua adicional se transforma en escurrimiento superficial. En esas condiciones, pequeñas variaciones en la intensidad de la lluvia puede traducirse en aumentos significativos de los caudales y, por consiguiente, en una mayor probabilidad de inundaciones, desbordes y remociones en masa. Otro factor determinante es la isoterma cero. Cuando ésta asciende, una parte importante de la precipitación que normalmente caería como nieve en la cordillera se transforma en lluvia, acelerando el aporte hídrico hacia ríos y quebradas. Este fenómeno incrementa el riesgo de crecidas repentinas y explica por qué las comunas precordilleranas requieren un monitoreo permanente durante este tipo de eventos.


Sería injusto desconocer los avances que Chile ha logrado durante los últimos años. La creación del Sistema Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres, mediante la Ley N.° 21.364, marcó un cambio profundo en la forma de abordar estas emergencias. Este cambio institucional constituye uno de los avances más importantes del país en materia de gestión del riesgo, al pasar desde un modelo centrado principalmente en la reacción hacia otro basado en la prevención, el monitoreo permanente, la coordinación interinstitucional y la planificación, pero el cambio climático nos plantea desafíos aún mayores. Los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) y las investigaciones desarrolladas en Chile por el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) coinciden en que el problema no necesariamente será una mayor cantidad anual de precipitaciones, sino una mayor frecuencia de eventos intensos concentrados en períodos muy breves, capaces de superar la capacidad de diseño de gran parte de la infraestructura construida durante el siglo pasado. En otras palabras, las ciudades del siglo XXI no pueden seguir diseñándose con los criterios hidrológicos del siglo XX.


El cambio climático obliga a revisar permanentemente los estándares con que proyectamos nuestra infraestructura y la forma en que ocupamos el territorio. Invertir en colectores de aguas lluvias, recuperar quebradas, proteger humedales urbanos, actualizar mapas de amenaza, incorporar monitoreo geoespacial en tiempo real y fortalecer la modelación hidrológica ya no puede seguir siendo una aspiración. Constituye una inversión estratégica para la seguridad, la resiliencia y el desarrollo sostenible del país.



Las lluvias anunciadas para esta semana probablemente pasarán en pocos días. Lo que permanecerá será la evidencia de cuánto hemos aprendido a convivir con ellas y de cuánto nos queda aún por avanzar. La intensidad de la lluvia no explica por sí sola un desastre; la vulnerabilidad del territorio completa la ecuación. Porque las amenazas naturales son inevitables. La vulnerabilidad del territorio no. Esa diferencia, en definitiva, es la que determina si un sistema frontal termina siendo solo una lluvia intensa o un verdadero desastre.


Por Dr. Ing. Marcelo Caverlotti Silva, Director del Departamento de Ingeniería Geoespacial y Ambiental, Universidad de Santiago de Chile. 

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