Sr. Director,
La reciente publicación del Smart City Index del IMD nos invita a derribar un mito: una ciudad "inteligente" no es aquella saturada de sensores, sino la que utiliza la tecnología para fortalecer la confianza y la calidad de vida. El informe es claro, las ciudades líderes no son necesariamente las más tecnológicas, sino las que poseen una sólida institucionalidad.
Santiago se ubica en el puesto 120 de 146, una posición estancada y muy por debajo del promedio global. Nuestra paradoja es evidente: aunque destacamos en conectividad, velocidad de internet y e-commerce, fallamos en los cimientos sociales. Las mayores debilidades de nuestra capital no son digitales, sino estructurales: inseguridad, percepción de corrupción, contaminación y falta de canales reales de participación.
La tecnología por sí sola no genera bienestar si no existe un tejido social que la sustente. De poco sirve el acceso a información de tráfico en línea si la prioridad ciudadana es la seguridad en las calles. Si aspiramos a ser una ciudad inteligente, el foco debe girar: priorizar el fortalecimiento institucional sobre la simple acumulación de gadgets. La innovación solo tiene valor cuando responde a las expectativas humanas y se apoya en autoridades confiables.
Daniel Schmidt M.
Decano de la Facultad de Arquitectura, Construcción y Medio Ambiente
Universidad Autónoma de Chile