Hace más de un siglo, el chileno Luis Pardo, acompañado de una valiente tripulación, tomó el timón de la Yelcho y se lanzó a los mares antárticos para rescatar a los exploradores de Ernest Shackleton, atrapados en la isla Elefante. Enfrentó tormentas, frío extremo y la incertidumbre de no saber si llegarían a tiempo. Navegó entre esas adversidades confiando en su preparación, su disciplina y el deber hacia quienes dependían de él, tal como lo plasma Juan Francisco Lecaros en su libro “En busca de las entrañas del hielo”.
La hazaña de Pardo no solo salvó vidas: nos regala un legado de valentía, excelencia y determinación que inspira. Ese espíritu sigue vivo hoy en Chile, aunque a veces se perciba difuso. Existe un orgullo silencioso que reconoce lo que hemos sido: nuestra historia, nuestras tradiciones y nuestras gestas pasadas. En muchas sociedades ocurre algo similar: se valora intensamente lo que ya ocurrió, pero se mira con menos atención lo que se está logrando en el presente.
Paralelamente, esa misma mirada convive con un sentimiento sutil de frustración por el potencial no aprovechado. Chile tiene talento, creatividad, medios y recursos, y muchos sienten que podríamos estar más avanzados, más visibles, más unidos. No es una sensación de decadencia inevitable; es la intuición de que hay energía contenida que aún no se canaliza.
Aquí es donde Pardo y la Yelcho vuelven a enseñarnos algo. La travesía antártica no fue solo un rescate: fue una combinación de preparación, riesgo y trabajo colectivo frente a lo desconocido. Las condiciones límite de la hazaña reflejan decisiones cuidadas, coordinación y oficio. Esa tenacidad es la misma que podemos aplicar hoy para transformar orgullo y frustración en acción.
El desafío es reconocer las capacidades que hoy operan en el país: emprendimiento e innovación, avance científico, organización social y una institucionalidad que, con tensiones, sigue cumpliendo funciones clave. Poner esos logros en el centro, medirlos, sostenerlos y escalarlos, es tan importante como recordar nuestras gestas históricas. Esa síntesis entre orgullo basado en evidencia y de progreso puede convertirse en un motor real de desarrollo.
En el inicio de un nuevo gobierno, se abre una oportunidad concreta para encauzar esa energía acumulada. Los cambios de ciclo ofrecen momentos excepcionales para alinear voluntades, recuperar confianza y fijar prioridades compartidas.
Pero esa energía no se transforma sola en resultados: requiere buena gobernanza. Entendida como capacidad de cuidar el desarrollo en el largo plazo, junto con hacerse aceptable y justo ante shareholders. Cuando ambas dimensiones se equilibran, el país deja de oscilar entre impulsos de corto plazo y la desconfianza.
Chile tiene todo. Lo que falta es mirar hacia adelante con la misma determinación de quienes precedieron, y dejar que la energía contenida se transforme en acción colectiva.
Así como Luis Pardo, al mando de la Yelcho, demostró coraje, disciplina y compromiso frente a lo imposible, Chile puede convertir su orgullo y su frustración en hazañas contemporáneas, haciendo converger voluntades con audacia y excelencia.
Gonzalo Jiménez Seminario
CEO de Proteus Management & Governance y profesor adjunto de Ingeniería UC