En una industria donde la mayoría de los proyectos emergentes luchan por adaptarse a las normas locales y por captar capital local, Backroom Santiago surge como un caso atípico de emprendimiento con sello global, inversión extranjera y una propuesta culturalmente diferenciada.
Detrás de este bar de coctelería de autor está Nick Baranov, un emprendedor gastronómico con una historia de vida marcada por la migración, la reinvención y el cruce de culturas. Nacido en Rusia, Baranov pasó gran parte de su juventud y adultez en Los Ángeles, California, inmerso en una escena profesional de bares donde la coctelería convivía con diseño, experiencia y cultura. Su tránsito por distintas ciudades no fue sólo geográfico, sino formativo: absorbiendo prácticas internacionales que luego moldearían su propia visión de la hospitalidad y el servicio.
En 2020, mientras viajaba por Latinoamérica con el plan de descubrir nuevas formas de vida, la pandemia lo encontró en Buenos Aires. Lo que debía ser una estancia temporal terminó transformándose en el inicio de un proyecto propio: Backroom Argentina, un bar en Palermo que rápidamente se distinguió por su enfoque en experiencias culturales —incluyendo jazz, gastronomía y una carta de coctelería única— buscando rescatar el espíritu de los antiguos clubes clandestinos para reinterpretarlo con técnicas contemporáneas.
Ese éxito en Argentina y su filosofía de bar como espacio cultural —más allá de la venta de bebidas— fueron el motor para expandir la marca a Chile. Backroom Santiago abrió sus puertas con una inversión total superior a 500 millones de pesos chilenos, aportada en su totalidad por capital extranjero desde Estados Unidos y Argentina, consolidando un emprendimiento que apuesta por un mercado exigente y diverso como el santiaguino.
Este capital internacional no sólo sostuvo la apertura del local —con una barra extensa, programación musical en vivo y una selección de whiskys premium de decenas de países— sino que también refleja la confianza de inversores que identifican un valor diferencial en propuestas que combinan calidad, cultura y experiencia del cliente.
“El concepto de Backroom va más allá de una coctelería de autor: mezcla diseño, música, gastronomía y hospitalidad como pilares de un negocio que busca dinamizar la escena nocturna y atraer público durante los días hábiles y el trasnoche, segmentos que tradicionalmente han sido difíciles de movilizar en Santiago. El desafío de generar tráfico sostenido fuera de los fines de semana forma parte de una estrategia más amplia de posicionamiento de marca y adaptación a las tendencias del mercado”, explica Nick.
La expansión de Backroom también ha sido acompañada por iniciativas que trascienden el espacio físico. En Argentina y Chile, la marca ha ganado reconocimiento entre críticos y consumidores, y se ha posicionado como uno de los espacios preferidos para experiencias de alto valor sensorial, desde coctelería hasta música en vivo.
Para Baranov, esta empresa es la materialización de su trayectoria personal: convertir el viaje en aprendizaje, el oficio en identidad y la experiencia internacional en un proyecto con visión de largo plazo. Su participación activa en la operación diaria, en la formación de equipos y en la curaduría de la propuesta, evidencian que Backroom no es solo un negocio, sino una visión cultivada a lo largo de décadas de trabajo en la industria.
En un contexto donde muchos emprendimientos gastronómicos enfrentan barreras de financiamiento y replicabilidad, Backroom representa un modelo impulsado por inversión extranjera, pensamiento estratégico y diferenciación cultural, mostrando que hay espacio para propuestas audaces y con fuerte identidad en el ecosistema emprendedor chileno y latinoamericano.