La fatalidad de nuestros tiempos

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Luis Riveros

El atentado contra la vida del escritor Salman Rushdie fue casi inexistente para la prensa chilena y ocupó espacios más bien discretos en la prensa mundial. Apuñalado a momentos de iniciar una conferencia en Nueva York, fue así víctima de la implacable persecución propiciada por el régimen Iraní, en represalia por su obra, especialmente “Los versos satánicos”, considerada un insulto contra el Islam. Se trata, en realidad, de un intento de ajusticiar el librepensamiento y la libre expresión, cosas que se van haciendo más y más comunes en un mundo que se considera asimismo como “civilizado”. Ahora la escritora británica JK Rowling ha sido también amenazada de muerte por haber manifestado su repudio al atentado contra Rushdie. La violencia contra quienes piensan distintos está pasando a poner de relieve un gran retroceso en el humanismo, el respeto por las personas y por la vida. Muchos pensaron que había quedado atrás en la historia lo ocurrido en décadas pasadas, cuando se reprimía brutalmente el pensamiento diverso, y existía la esperanza de que la humanidad había aprendido que el disenso es una actitud que permite construir una mejor sociedad. Sin embargo, a pesar del enorme progreso lo material y el manejo de tecnologías superiores de comunicación e información, se continúa con prácticas que son propias de un mundo incivilizado, de profundo retraso en lo moral.

La violencia está marcando un inusitado avance en todo el mundo. Disfrazada de muchas maneras, incluyendo las diferencias en ideas, se reprime y castiga la legítima libertad humana de pensar y decidir sobre la base de un juicio personal y libre en cuanto a cuestiones de incidencia social. Así como el puñal intentó ajusticiar a Rushdie, así también se arremete con violencia para reprimir el pensamiento con todo tipo de armas. Todo esto en medio de una verdadera indiferencia de los medios de comunicación social, porque estas acciones han pasado a ser parte de la vida “normal” en nuestras sociedades. Con distintas intensidades, estas demostraciones de verdadera fuerza represiva se van haciendo costumbre y ya ni siquiera son observadas con el rechazo que lo fueron hace unas dos décadas, cuando pensábamos que el mundo había cambiado definitivamente con la caída del Muro. Un nuevo regreso al autoritarismo, está vez con base a una supuesta superioridad moral, tiene en vilo a nuestras sociedades en medio de circunstancias económicas apremiantes. Éstas se ciernen como una amenaza de brutales consecuencias, que se reflejarán más tarde en nuevas acciones de violencia guiadas con interés político, pero basadas en una circunstancia apremiante del punto de vista material.

Al Estado le corresponde una acción de guía frente a estas tendencias tan preocupantes en que la violencia se adueña del devenir social. Desde luego debe educar en el repudio a la violencia y propiciar acciones de encuentro social sin otro propósito que el de escuchar a distintos actores y atender sus demandas. El Estado y sus poderes tienen la misión de ser un espacio de encuentro, de diversidad, de tolerancia y de proyección de futuro. No corresponde al Estado el constituirse como parte del enfrentamiento social, ni ser propiciador de acciones contra aquellos que no comparten los mismos puntos de vista. Debe ser garante de la libertade expresión, y que la misma tenga lugar en un marco de respeto. Y el gobierno, como poder cabeza del Estado, le corresponde dar señales concretas de construcción de paz y de un ambiente de certidumbre, garantizando la seguridad para la libre expresión.

No quisiéramos ver más atentados contra personas o entidades que piensan distinto. Tampoco que existan ajusticiamiento y encarcelamiento de las ideas disidentes. Los Estados y los organismos internacionales deben ser muy proactivos en cuanto a propiciar plena democracia y libre expresión de ideas, llevando a las aulas escolares el principio de la tolerancia que ha de permitir la construcción de sociedades superiores en materia de respeto a los valores inherentes a una verdadera sociedad humana.


Prof. Luis A. Riveros