De vuelta a la realidad

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La situación sanitaria ha alcanzado una evidente gravedad, dado el número de infectados diarios y la presión que existe sobre la ocupación de camas para pacientes críticos. Indudablemente, esto es gran parte debido a la falta de disciplina que hemos mantenido como sociedad, dejando de lado las recomendaciones sanitarias y desarrollando todo tipo de conductas contrarias a la necesidad de aislamiento y protección. Y este ha sido un fenómeno transversal del punto de vista social, puesto que las llamadas “fiestas clandestinas”, por ejemplo, han ocurrido tanto en sectores acomodados como en aquellos más vulnerables. No han sido suficiente las advertencias formuladas, y la distancia social y las normas de higiene recomendadas no han sido practicadas a conciencia, trayéndonos de vuelta a esta situación de cuarentena obligada en casi todo el país. Con medidas mucho más restrictivas que antes, se trata ahora de volver a alcanzar la derrota que se estaba infringiendo al COVID19, y a la cual renunciamos simplemente porque pareció mejor proceder de manera contraria a lo recomendado por especialistas y autoridades.

Pero no hay que perder de vista que todos hemos contribuido a este significativo deterioro en los indicadores de incidencia de la enfermedad. Cicletadas masivas y protestas callejeras, por ejemplo, han muchas veces ocurrido a vista y paciencia de la autoridad, demostrando el poco respeto que existe sobre la vida de los demás, afectada y amenazada por la propagación que esas actividades favorecen. También las aglomeraciones en calles y centros comerciales, con absoluto desprecio por el riesgo inherente. El impulso que se dio a la idea de volver a clases se ha estrellado contra esta realidad inevitable del mayor número de contagios, pero se trató de hacer ver que se había obtenido un cierto retorno a la normalidad. También se otorgó “permiso de vacaciones”, que llevaron a una verdadera sobrepoblación en playas y centros recreacionales. Además, ha habido autoridades nacionales que se han presentado públicamente sin la debida mascarilla mientras otros la usan de manera inapropiada, entregando una señal equívoca y peligrosa. Es decir, todos hemos contribuido a entregar una falsa señal de “normalidad”, induciendo a la equivocada idea de que el riesgo ha disminuido o desaparecido. En un país en que más de la mitad de la población es analfabeta funcional y se informa malamente por los medios disponibles, este convencimiento ha llevado al aumento en los contagios y a un severo recrudecimiento del riesgo. Esto ocurre a pesar del significativo avance en vacunación, lo cual también ha llevado al falso convencimiento de que ello elimina el riesgo de contagio y por lo tanto nos convierte a todos en seres invulnerables. Esta nueva cuarentena es un llamado de vuelta a la realidad.

Una de las preguntas fundamentales que se plantea a raíz de la situación que vivimos es acerca de las próximas elecciones programadas para dentro de poco más de dos semanas. Existe la idea de no cambiarlas basada en la necesidad de proteger la institucionalidad, y llevar a cabo dichas elecciones de todas maneras para que los plazos prescritos para la elaboración de la nueva Constitución, por ejemplo, se cumplan estrictamente. También está el caso de la elección Alcalde y Concejales, donde se vulneraría las condiciones establecidas para una reelección y los plazos en que debería extenderse el mandato. En general, se alega, el costo de posponer esta actividad es elevado, sin siquiera mencionar el desembolso económico para los candidatos que deberían más tarde retomar su actividad de difusión, pasado el riesgo pandémico. Incluso, se dice, aumentará el gasto que debe financiar el propio Estado, ya que la propaganda televisiva debería retomarse nuevamente una vez concluida la extensión que podría darse.

Pero también está el temor que está creciendo en nuestra población, especialmente en la más adulta y probablemente también en la que tiene acceso a mayor información sobre el curso de la pandemia. Se corre el riesgo de que la tasa de abstención aumente y que ello ponga en cuestionamiento la propia representatividad de las autoridades y representantes electos. Hay mucho que dicen que “conviene” hacerlas ahora porque así ciertos sectores más conservadores dejarían de atender su obligación como votantes. En realidad nadie sabe cuál sería el efecto de la abstención, y si ello beneficia o no a determinados sectores políticos. En un país en que la tasa de participación es cercana sólo al 50%, podría ser grave un incremento en la misma producto de la situación vigente. Y de punto de vista ético, la exclusión no parece ser el enfoque que debe guiar una discusión y decisión sobre la materia.

No se puede “prohibir” la expansión del COVID19 atendiendo a circunstancias electorales, actividades de diversión o comercio o manifestaciones de toda índole. Eso ya se hizo con ocasión del plebiscito sobre la nueva Constitución sin que hayamos siquiera evaluado el efecto que eso tuvo en materia de propagación del virus. La cuestión ahora, como entonces, es el riesgo que se asume, y la velocidad de los contagios que ha probado ser significativa. Este tema debe discutirse ahora y no esperar los días venideros para tomar una decisión, lo cual solamente incrementaría los costos implícitos. La autoridad debe tener un pronunciamiento definitivo ahora y no seguir acentuando el ambiente de incertidumbre y también de una creciente angustia de una población sometida a severo encierro y a amenazas de todo orden.


Prof. Luis A. Riveros