Valor del voto

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Javier Fuenzalida

Nuestra democracia ha mostrado siempre un camino continuo de perfeccionamiento. Uno de los más importantes ha sido el sistema electoral.

Hasta el fin de la década de los cincuenta, el voto era fácilmente “manipulable”. Los candidatos o su partido mandaban a imprimir sus propias cédulas que le entregaban al votante, usualmente ya marcada anticipadamente con la preferencia. No se denunciaban irregularidades por cuanto, al momento de votar, había que tan solo identificarse y firmar el registro correspondiente y depositar la papeleta que el candidato ya le había entregado al votante.

En 1958, se reemplazó este frágil sistema y se diseñó la actual cédula única que contiene los nombres de todos los candidatos concurrentes al mismo cargo político. El Servel debe proporcionarla. Con esto se acabaron las encerronas de votantes a quien se le “facilitaba “la célula previamente marcada y posteriormente se le pagaba. Cohecho, si bien los partidos lo negaban, señalando que, para quienes vivían lejos de los lugares de votación, el partido o el candidato le pagaba del traslado más un pequeño refrigerio y sándwich, algo de dinero al final del acto electoral. Las famosas encerronas, después de verificar que el votante lo había hecho por quien le pagaría.

Algunos políticos defendían el sistema, argumentando que, para el votante rural o lejano del lugar de votación, le era oneroso concurrir, así se justificaba el pago, el cohecho. Las autoridades políticas y policiales hacían vista gorda.

A fines de los 50 hubo una reforma que eliminó este sistema y los sustituyó por la actual con cédula única, eliminando el “control” del votante por parte del candidato o partido, a pesar de que, aún se ve en los lugares de votación, personas con una libretita registrando, no sé qué cosa…

Con todo, el sistema está lejos de ser perfecto o eficiente. Ya no se trata de pagar descaradamente al votante por hacerlo, sino que hay más sofisticación.

Un ejemplo, haber establecido votos diferenciados, como es el que norma los escaños reservados en la Cámara de Diputados para un 10.9 % de la población electoral. La gramática española indica que una expresión en plural es genérica, abarca tanto a hombres como mujeres y ahora también los trans. Hablar de diputados y diputadas es una redundancia o una ignorancia siútica discriminatoria en contra de los trans.

¿Por qué 17 escaños reservados en favor de quien demuestre al Servel que es un candidato originario? ¿Cómo se prueba ser diaguita, aimara, mapuche, selknam…, perteneciente a una de las 17 etnias, de las que tan solo 10 están reconocidas por el Servel? Un nombre como Juan Soto Pérez puedo corresponder a cualquier persona, incluyendo alguien de ascendencia originaria.

No hay duda de que algunos nombres son claramente distintivos. Un ejemplo, la afamada pianista pascuense Mahani Teave. Pero otros no lo son. De ahí que se haya establecido una norma legal para otorgar tal categoría a quien demuestre pertenecer a una etnia originaria. Son 17 pero oficialmente el estado reconoce a solo 10 ¿Por qué tan solo 10? Porque el estado es siempre ineficiente, en este caso además injusto.

Esta distinción ha dado origen a una violación del principio de igualdad ante la ley.

En la última elección parlamentaria, votaron tan solo el 4,3 % de los electores originarios y el 44 % lo hizo por candidatos no originarios. Tan solo 44.547 electores originarios eligieron 10 escaños. En promedio 4.455 votos por candidato electo, siendo que muchos candidatos no originarios obtuvieron más de 4.455 pero no resultaron ser elegidos. Discriminación y violación de igualdad ante la ley que tanto exigimos.

Lo anterior significa que el valor de un candidato originario es 13.6 veces mayor al del resto de los chilenos, entre los que me incluyo. Si invirtiera mi nombre a Reivaj Adilazneuf Nessumsa, podría pasar por originario y eventualmente ser diputados con algunas decenas de votos.

Prueba, 55 votantes yaganes eligieron un diputado de ese origen. El voto yagán es 1.000 veces o más al mío, un chileno común entre los millones de electores que no gozan de tal privilegio. Así mientras 1,2 millones de chilenos eligen 17 escaños, 13,7 millones elegimos 138 diputados. En promedio, con 71.000 votos se puede acceder a un escaño reservados, en contraposición, se requieren 100.000 o más para que mi candidato no originario pueda acceder a uno de los 138 escaños comunes.

Pero ¿Cómo hay parlamentarios que han obtenido menos de 100 votos? Porque nuestro sistema electoral D’Hondt, si bien define una persona, un voto, se vota por personas dentro de una lista, lo que permite que alguien con una miserable votación pueda ser elegido y otros con miles de votos más se pierda.

¿Es eso democracia o igualdad ante la ley? No hay argumento para justificar este privilegio, excepto que el estado chileno ha sido históricamente ineficiente para que el 1.2 millones de originarios haya alcanzado un nivel socio económico equivalente al de los 13,8 millones restantes electores.

Algunos argumentarán que hay excepciones. O sea, que los promedios se caracterizan por tener una gran amplitud o márgenes muy amplios en ambos sentidos (varianza estadística).

Ejemplos, en la región de Coquimbo, un candidato de origen chango salió electo con 395 votos propios (tal vez era el último de la lista en la cual participaba). En Magallanes un candidato de origen Yagan fue elegido con 61 votos para integrar la Convención Constituyente, mientras que el candidato UDI tuvo que reunir 4.197 votos. En este caso, el voto yagán tuvo un valor 69 mayor que el de un chileno común y corriente.

La política no ha esforzado por democratizar el sistema electoral. Convocaron a una consulta ciudadana en 2021 y con gran sorpresa de los 1.2 millones de chilenos originarios solo votaron 7.579, menos de 1%.

A los políticos no les quita el sueño tanta ineficacia. Todo lo contrario, se sirven de ella. Ahora le llaman diversidad como si fuera algo muy valioso. Contradictoriamente, se deshacen en expresiones en pro de la unidad nacional, sin embargo, en los hechos ocurre lo contrario. Atornillar al revés cuando se refieren a una falsa plurinacionalidad.

Nación es un gran conjunto humano que compartes una historia, lengua, territorio, cultura, etnia y que, agrupados, se reúnen en un estado y geográficamente en un territorio y generalmente conformando una comunidad política.

En ese sentido, ¿Hay plurinacionalidad en Chile? Difícil establecerlo por cuanto no se han identificado operativamente las características sociales que permitan identificarlas.

Para algunos, deben converger la geografía, lengua, población, cultura, etnia y religión en forma mayoritaria. Para otros, es la manifestación de voluntades de vivir en una comunidad en que el individuo se identifica con la nación, hay solidaridad entre sus miembros, intereses compartidos, conciencia común entre los principales atributos.

No debe confundirse la nación con el estado, por cuanto este última es la forma política como es manifiesta la nación. Es la forma como se organiza la nación.

Mientras tanto, nuestro sistema electoral sigue pecando de falta de equidad técnica.


Javier Fuenzalida A.

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