Disyuntiva universitaria

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Luis Riveros

Como se ha señalado en forma reiterada en distintos análisis, el país vive una grave crisis institucional. Esto ha sido fruto de un largo proceso que se ha venido intensificando, dando paso a elaborar como camino de salida una especie de refundación del país, haciéndolo retroceder a sus orígenes pre republicanos. Esto anticipa nuevas crisis y la profundización del sentimiento de desorientación y frustración que vive la ciudadanía, anticipando nuevos y severos trances. Aquí es donde más se denota la ausencia de las instituciones de carácter permanente de la República, aquellas que siempre contribuyeron con su palabra y acción a hacer primar las ideas, la mirada de largo plazo, el debate respetuoso, la reflexión transversal y desprendida de la batahola política contingente. Una de esas instituciones era la Universidad de Chile, desde donde siempre se esperaba emergiera una mirada de futuro constructiva, señalando caminos nacidos de una discusión transversal y haciendo de su investigación y formación académica los instrumentos trascendentes para llevar el diálogo interno hacia los extramuros, dando señales positivas hacia un país en dificultades. Es por eso que, desde la Universidad, y haciendo honor a toda una historia de entidad republicana y tolerante, se generaban las ideas y los liderazgos necesarios para ofrecer al país caminos de salida, orientaciones significativas frente a problemas de gran magnitud.

La educación chilena toda ha ido en un camino descendente que se encuentra en la raíz de muchos de los problemas que actualmente se viven y desarrollan. La Universidad de Chile no ha sido una excepción. Ha sido embestida desde la política pública, cuando se le ha hecho víctima del desfinanciamiento de sus actividades y la ausencia de un marco de trabajo para ejercer debidamente su rol nacional y público. Pero también embestida desde dentro, cuando se instala el accionar político, la exclusión de ideas y el dominio de la intolerancia, como aciago marco para su desempeño académico. Esto la ha llevado a una persistente decadencia. Por eso se explican resultados lamentables: su decaimiento en materia de investigación, evidenciado por ocupar por dos años seguidos un segundo lugar en el ranking internacional de mayor prestigio el cual antes encabezaba, y por haber retrocedido en los últimos cinco años en materia de proyectos financiados por FONDECYT. Además, ya cuenta la Universidad con carreras que no logran completar sus cupos. Pero además, y lo más grave, es el enorme endeudamiento que se ha generado, y que se evidencia en la deuda contraída por los organismos internos con el Fondo General, la cual casi se ha triplicado en los últimos cinco años, constituyendo una cifra que afecta al presupuesto de manera muy preocupante. Todo esto llena de incertidumbre a la otrora primera universidad del país, y demanda un cambio importante que debe venir tanto de la política pública, especialmente en el campo financiero, como en las decisiones académicas que han de versar sobre la gestión interna de la institución.

La disyuntiva que envuelve la próxima elección de la primera autoridad de la Universidad de Chile está claramente delineada por las circunstancias prevalecientes. O se continua con una situación financiera y académica decadente siempre dependiendo de decisiones políticas contingentes carentes de visión de universidad, o se hace el cambio interno que debe consistir en fortalecer el trabajo académico, para recobrar los sitiales que la Universidad de Chile nunca debió perder. O se continúa con un puro reclamo estéril por más recursos y medidas protectoras, o se inicia un camino de fortalecimiento académico y de los valores tradicionales de la Universidad. Nunca ha sido más importante que ahora: recobrar el sentido nacional y público en una entidad tolerante, diversa, respetuosa de todas las ideas y comprometida con la nación en el marco de las ideas y principios fundacionales que la inspiraron. Eso es lo que la comunidad universitaria y el país esperan.


Luis A. Riveros