Intolerancia

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Luis Riveros

Una sociedad civilizada debe admitir el disenso y procurar el respeto por todas las opiniones ante cualquier dilema que conduzca a una decisión, o simplemente si se trata de una confrontación de principios o ideas. En la antigua educación se nos enseñaba a admitir otras visiones, y a no descalificar o imponer ideas por la fuerza de mayorías, a menudo circunstanciales. Le llamábamos tolerancia: respeto por las ideas distintas y planteadas también con respeto. Saber escuchar, saber evaluar, manejar los antecedentes que permitan una mejor decisión, no solamente seguir la alternativa que grita con más fuerza o aquella que se impone con la brutalidad de la violencia. Tolerancia no significa estar de acuerdo necesariamente, sino que saber muy bien aquello que proporciona sentido a nuestras propias visiones o propuestas. Tolerancia que lleva al respeto por los demás, a evaluar con sinceridad los puntos de vista divergentes, a buscar eventualmente una modificación en nuestros puntos de vista o la ratificación de los mismos en base a la evaluación de los argumentos contrarios. Tolerancia lleva necesariamente al entendimiento, a una democracia bien fundada en ideas y capacidad de evaluarlas, a un sano entendimiento de la sociedad como proyecto común, en que cada yo ve en el otro un yo equivalente. Por eso muchos elegíamos ser educadores, porque nos parecía que esa tarea, educar en tolerancia, era parte importante de una sana convivencia social así como en la propia elaboración del conocimiento y sus aplicaciones.

Nuestra sociedad se encuentra hoy enfrascada en un verdadero concierto de descalificaciones. Nos vienen ejemplos a diario por parte de representantes elegidos por la ciudadanía para cumplir con tareas de beneficio común. Y es triste ver como se argumenta con superficialidad cosas que son las más de las veces poco justificables, confiados solamente en la existencia de una mayoría que, por transitoria que sea, quiere dejar marcado a fuego su actitud intolerante, incapaz de evaluar siquiera los puntos de vista contradictorios. Tales descalificaciones se dan sobre ideas no compartidas y también sobre personas, que son denigradas por el eventual delito de discrepar, diferir de opiniones manifestadas por otros. A ello ayudan las redes sociales y las fake new, ya que son los instrumentos en que con cobardía se disfraza de debate lo que constituye a lo más una opinión, una determinada visión.

La intolerancia se ha enseñoreado en nuestra sociedad, descomponiendo la democracia y alejando a la ciudadanía de las esferas donde se toman las decisiones. Se ha transformado en una especie de cultura que segrega, desecha y estigmatiza todo aquello que no es del gusto de un grupo que impone ideas y modelos. Así no es posible pensar que se están tomando las mejores decisiones, ni es posible esperar el mejor y más transparente resultado de lo que se elabore. Esto es especialmente grave cuando lo que se está decidiendo es el futuro normativo para el país mirado a los próximo 30 años

La pregunta es ¿dónde están las instituciones en nuestra sociedad que deben llamar a la ponderación, al equilibrio, al diálogo, a la tolerancia? ¿Dónde radica hoy día ese poder moral que debe actuar como una conciencia sobre el devenir social? El accionar de esas instituciones impidió muchas veces en el pasado males mayores, y así se promovió la democracia, el encuentro, la fraternidad que debe siempre dominar la vida en sociedad. No hay proyecto común sin verdadero diálogo, sin tolerancia, sin respeto por las opiniones ajenas. El país necesita retomar ese rumbo, terminar con el continuo enfrentamiento de posiciones. Impulsar ese mismo camino que permitió superar graves dilemas en el pasado, y salir exitosos de pruebas cruciales en las que nos puso, precisamente, la intolerancia, a menudo disfrazada de ideas constructivas.


Prof. Luis A. Riveros