Universidad pública y pandemia

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Claudio Palavecino


La calamidad que afecta al mundo plantea muchos desafíos individuales y colectivos. Cada uno enfrenta, y procura resolver, diariamente, un cúmulo de problemas que afloran al vivir bajo circunstancias completamente inusuales. Afortunadamente no estamos solos. La mayoría contamos con redes de apoyo para hacer frente a estas dificultades. Familia, amigos, vecinos. También ayuda un entramado institucional que, desde antiguo, forma parte de la estrategia social para hacer frente a los problemas comunes. Y, en efecto, es este entramado institucional, que en buena parte -aunque no totalmente- se identifica con el aparato público, el que parece concentrar sobre sí al mayor número de expectativas desde todos los sectores. Con mayor o menor éxito y también con inapelables fracasos, no se puede negar que la estructura institucional del país intenta dar respuestas a las demandas colectivas en todos los frentes. En ese entramado hallamos a la universidad pública, cuyo papel en estos días aciagos quisiera destacar a través de unas cortas líneas.

Sabido es que la universidad resume su quehacer institucional en tres grandes campos de actividad, la docencia, la investigación y la extensión. Pienso que dentro de sus tres campos de acción la universidad está haciendo un aporte crucial al país sumido en una crisis sin precedente. La universidad pública, en tanto servicio público, debe mantener la continuidad de su quehacer, incluso bajo las más adversas circunstancias. En este sentido, los esfuerzos realizados por toda la comunidad universitaria para mantener la continuidad de la función docente y a la vez conciliar ese imperativo con las medidas sanitarias que impusieron confinamiento a buena parte de la población, constituyen un ejemplo a seguir por toda la sociedad. Esta continuidad de la función docente no ha estado exenta de incomprensiones y tropiezos, incluso dentro de la propia comunidad universitaria. Sin embargo, lo rescatable ha sido, sin duda, la superación de esas diferencias y el sostenimiento de la transmisión del conocimiento bajo estas condiciones tan complejas.

Por otra parte, la investigación científica, que caracteriza a la auténtica universidad, tampoco cesa y nos ofrece cuando menos la esperanza de nuevos descubrimientos para el tratamiento y la cura de la enfermedad. La silenciosa labor de los científicos en los laboratorios universitarios ofrece también un ejemplo de responsabilidad y compromiso serios con la búsqueda de soluciones eficaces, que contrasta con la estridencia inútil y el alarmismo frívolo de las redes sociales y los medios de comunicación de masas.

Por último, la universidad, en su función de extensión, ofrece algo de mesura, concordia y responsabilidad a un debate público crispado, partisano y oportunista. La aparición de nuestros profesores en las más diversas tribunas proporciona al gran público un nivel de reflexión distinto, permitiéndole distinguir la opinión razonable de la mera palabrería.

Alejados por meses de nuestros queridos edificios, seguimos siendo universidad. La universidad trasciende los espacios físicos, porque es una comunidad de almas. Su aporte cultural se vuelve crucial en estos tiempos de indigencia. 



Claudio Palavecino

Abogado. Profesor de la Universidad de Chile