Una sociedad desolada

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Luis Riveros (columnista)


Nuestra sociedad está inundada por una aplastante ola de desesperanza y aflicción. Las noticias sobre la evolución de la pandemia son cada vez más decepcionantes, haciendo que todos y cada uno miremos al futuro con desaliento. Al mismo tiempo, las libertades individuales se han ido cercenando porque, de manera más que justificada, hay que poner diques de contención a la evolución de la pandemia. Pero, además, todos somos testigos de la forma en que se burlan las restricciones impuestas por la autoridad sanitaria: las calles se llenan de personas que “deben” salir, haciendo caso omiso de las normas; no es excepcional que se encuentre a personas infectadas que circulan libremente, y hasta se hacen fiestas clandestinas con absoluto desprecio a las advertencias sobre la propagación del virus que nos ataca. Hasta muchas autoridades, lejos del ejemplo que deben dar, caen en el juego de burlar normas vigentes. Tememos por nosotros mismos y por nuestro grupo familiar, partiendo por el más cercano con el que convivimos, como aquél más lejano en otras partes de la ciudad o fuera de ella. El aprensión crece con la edad de los posibles afectados, y por las recurrentes noticias sobre el copamiento de los servicios sanitarios. Una amenaza que nos hace temer por nuestra sobrevivencia, junto con la rabia e impotencia frente a quienes eluden los controles y hacen un festín de la normativa. Muchos de ellos han aprendido bien el discurso sobre “desobediencia civil” que se hizo popular pocos meses atrás, y hoy día se transforma en mayor amenaza en alianza con el potente enemigo que nos acecha. Temor y rabia, son cosas que hoy dominan el día a día de los chilenos y chilenas.

La delincuencia común ha experimentado un recrudecimiento aprovechando el cumplimiento de cuarentenas. La gente vive asustada por el próximo posible portonazo, por los asaltos en cualquier parte o por la violenta lucha diaria entre grupos de narcotraficantes. Junto a este temor, el encierro hace aflorar en muchos hogares un mal endémico: la violencia intrafamiliar que se asocia grandemente al consumo de alcohol y drogas, todo ello afianzado por la necesidad de permanecer bajo encierro. Y junto al duro encierro y las restricciones a la movilidad, se gesta este otro gran enemigo de nuestra sociedad, como es la violencia contra la mujer y contra la familia. Y de un modo brutal, la información de estos males endémicos de la sociedad chilena llega a todos, profundizando la sensación de crisis, sumando al sufrimiento por la pandemia que nos afecta.

Como si fuera poco, los empleos y salarios se ven drásticamente amenazados por la situación económica que emana como fatal consecuencia de la pandemia y sus restricciones. Pequeños y medianos empresarios en quiebra, grandes empresas con severas situaciones de baja actividad, muchos trabajadores sin empleo y muchos otros amenazados diariamente por la posibilidad de pasar a engrosar el contingente de desocupados, o al menos de sufrir inevitables cortes salariales. Junto a todo esto, nuestros niños y jóvenes se encuentran sometidos a un régimen altamente contradictorio con su tarea de formarse a través del estudio. Muchos niños sin ninguna actividad escolar, y muchos otros con una actividad solamente parcial. Jóvenes universitarios que lidian día a día con su soledad y su ansiedad, en que los problemas del hogar se unen al desafío de los nuevos sistemas educativos, sufriendo las consecuencias del proceso de adaptación y aprendizaje de los mismos.

Y mejor ni ver las noticias o los programas de entrevistas o debate. Allí reina una mediocridad difícil de asumir, al menos creyendo que puede aportar para disminuir nuestros severos padeceres morales y sentimentales. Prima una mirada negativa y una crítica fácil; todas las preguntas e intervenciones tienden a señalar que nada se hace bien, y que todo debiera hacerse de nuevo. El gobierno insiste con porfía en su estrategia para enfrentar la enfermedad que nos afecta, y la oposición hace lo propio pidiendo un cambio, a menudo poco definido. Incluso algunos auguran que este cambio podría terminar con las muertes, como si ellas todas se debieran a ciertas medidas adoptadas. La política está desconectada de la gente, y en este episodio que vivimos se demuestra más que nunca: no hay una palabra de consuelo a las inquietudes del ciudadano medio, no hay ninguna contención de sus padeceres por quienes debieran ser los líderes inspiradores. No hay ninguna mirada positiva y todo parece reducirse a la búsqueda de culpables y se llega hasta a propiciar un mayor número de fallecidos para poner las políticas públicas bajo cuestionamiento. No hay siquiera una mirada de aliento a nuestros jóvenes que están viviendo el riesgo de severas enfermedades mentales, y se discuten proyectos e iniciativas como si el país fuera otro, y en otra situación que no sea de sufrimiento y verdadera desesperación. Todo se pone en la perspectiva de una próxima votación o elección de autoridades, y poco se considera el tremendo impacto emocional que la suma de situaciones ha traído a nuestra sociedad. Para muchos, todo radica en la nueva amenaza de disturbios y protestas, como si eso atendiera la profunda des olación de los chilenos y chilenas.

Si: una sociedad desolada y en riesgo de sufrir una ruptura mayor, más allá de la que ya ha experimentado respecto de los valores humanos y republicanos que se han dejado de lado.


Prof. Luis A. Riveros