Miedo

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Luis Riveros (columnista)


La sociedad chilena está cercada por el miedo.  Un miedo que invade a sus distintos estamentos sociales, grupos de edad, connotaciones geográficas o identificaciones valóricas.   Se trata de un miedo que a menudo no encuentra el apoyo necesario para ser mitigado, ni ningún consuelo ante el sentido de pérdida, ni un apoyo orientador para avizorar un mejor futuro.  Por el contrario, están quienes se disponen a profundizar y extender ese miedo, tanto a través de predicciones catastróficas como por medio de un silencio cómplice ante actos arbitrariamente reñidos con la paz social que se ansía.  En efecto, los chilenos y chilenas están atemorizados por la amenaza del COVID19, que ciertamente pone en cuestión la sobrevivencia o al menos la inhabilidad para ser un yo válido en el intertanto que la infección pueda atacar a la persona.  Es cierto, parece que en nuestro país la política sanitaria lo está haciendo bien, y no tenemos el número altísimo de contagiados por millón de habitantes que tienen muchos otros países, incluyendo los desarrollados,   También es cierto que nuestra tasa de diagnósticos es relativamente elevada, y el número de muertes también es significativamente menor comparado al resto del mundo.  Pero eso no necesariamente aplaca el miedo, puesto que siempre cada uno puede considerarse una potencial nueva contribución a esas fatídicas cifras.  Y de quienes debiera esperarse notas de aliento, señales de tranquilidad, una ilusión de mejores perspectivas, no se les escucha y si emiten algún juicio es sólo para esgrimir amenazas o postular críticas puntuales, injustificadas y a menudo carentes de fundamento.  El miedo de la ciudadanía se acrecienta en forma definitiva.

Pero está un segundo miedo, que es el temor frente a la violencia, a la protesta injustificada, especialmente en estos días en que debemos todos contribuir a la protección de cada uno y de los demás.  Hay protestas porque no se estaría encauzando bien la política sanitaria.  Otras, porque se duda de las cifras y de la realidad misma de la pandemia. Otras, porque simplemente se desea continuar con el escenario de inestabilidad social propiciado a fines del año pasado.  Y el ciudadano medio se ve acosado por esta realidad casi insólita: personas que desafían toda norma y toda protección para así protestar, arriesgando la salud pública y contribuyendo al temor ciudadano.  Y frente a ello, la condena del mundo político, especialmente del llamado mundo progresista, está simplemente ausente.  Ricardo Lagos lo expresó de modo categórico: la oposición no está a la altura.  Y agreguemos nosotros: los partidos de la alianza de gobierno tampoco.  Por ello, y bajo el alero de esta segunda causa, el miedo de la ciudadanía se acrecienta en forma definitiva.

Un tercer miedo es, simplemente, aquél que naturalmente se deriva de los dos procesos anteriores.  Es el miedo a la cesantía, a la pérdida de ingresos y a la imposibilidad de poder sostener una vida normal.   Es el miedo a las consecuencias materiales que todo lo anterior trae consigo: la desarticulación de la actividad productiva, el quiebre de empresas, la disminución significativa del comercio y, en definitiva, la fuerte desaceleración económica.  Tampoco ha sido éste el campo en que la voz de los políticos emita señales tranquilizadoras, y donde cundan las propuestas sinceras y realistas para mejor mitigar los dolores que inevitablemente afectarán al cuerpo económico del país. Por el contrario, se escuchan voces de reclamo marcadas por las palabras “insuficiente”, “inoportunas” o “tardías”, para así referirse a las iniciativas que se han propuesto para mitigar el dolor económico de la fuerte recesión nacional y mundial.  Se escuchan generalidades, voces que claman por dar vuelta todo, como si ello fuera posible para enfrentar un problema que está ya declarado abiertamente.  Sin proyecto y sin propuesta, el mundo político todo se ha quedado atrás, especialmente la oposición que debiera haber puesto a pensar a sus mejores cuadros para contribuir a una salida sostenible.  Esta tercera razón hace que el miedo de la ciudadanía se acreciente en forma definitiva.

En definitiva, es más que el miedo al COVID19, a la continuación de las protestas o a los efectos de la crisis económica.  Es el miedo al futuro que nos espera, marcado por políticos que sólo ven lo que ellos ansían ver.  Que no considerarán para nada las prioridades ciudadanas, y que se encierran en sus postulados ceñidos estrictamente al propósito de acceder al poder, o de mantenerlo construyendo para ello una clientela electoral que se los permita.  Más sin ninguna preocupación real por el mejor vivir de la ciudadanía chilena.  Es el gran temor que cunde en Chile en forma definitiva: el sentido de abandono que se tiene de parte de quienes debieran proveer liderazgo, conducción y visión republicana. 



Prof. Luis A. Riveros