¿Luz al final del túnel?

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Luis Riveros (columnista)


La situación que hoy vive Chile es francamente penosa y nos afectará por largo tiempo. El impacto del Coronavirus ha sido y será significativo en materia del costo humano, cuando se arriesga una cantidad importante de infectados y muertes. En gran medida esto ha sido facilitado por una conducta social que ha desconocido la gravedad de la situación, y ha preferido entender la cuarentena a que nos vemos obligados como “vacaciones” que nos permiten movernos libremente por la ciudad, sin atender las advertencias sobre los contactos grupales y los transmisores, e incluso acudir a “paseos” fuera de la ciudad, arriesgando contagiar a otras comunidades que estaban fuera de peligro. Los expertos, OMS incluida, han respaldado el accionar del gobierno, especialmente frente a las presiones por adoptar una cuarentena total, la cual debería extenderse por varios meses con un irreversible impacto en todos quienes deben trabajar diariamente para producir ingresos o para las empresas de todo tamaño que deben funcionar para poder generar los recursos de pago a sus trabajadores y demás obligaciones. Indudablemente, la situación global está también empujando hacia abajo los niveles de actividad: el precio del cobre retrocede, las exportaciones están sometidas al rigor de controles y prohibiciones, las importaciones elevan sus precios. La inversión, por otro lado, retrocede fuertemente a nivel planetario, con bolsas estremecidas por el impacto de expectativas que no pueden ser más negativas; y en el caso de Chile, todo ello antecedido por la situación de crisis asociada a los estallidos ocurridos desde octubre pasado. Éstos llevaron destrucción injustificada al capital social y de medios que hoy día se constituyen en un serio problema para las poblaciones más carenciadas del país: transporte público destruido, supermercados y bancos virtualmente clausurados, hasta hospitales y centros de servicios públicos, inhabilitados. Por eso, cuando se habla del serio impacto del corona virus en la economía, ello no se puede separar del negativo impacto de marchas, protestas y destrucción que se sucedieron por más de cuatro meses.

El Gobierno ha puesto en marcha un paquete de medidas que se centra en fortalecer la disponibilidad de medios para Salud (2% Constitucional), y a proteger el ingreso y empleo por la vía de flexibilizar el uso del Seguro Solidario de Cesantía para no disolver el vínculo laboral en un período de ajuste productivo. Además, se ha consultado un Fondo Solidario para la micro empresa y también para asistir a las familias más carenciadas. A esto se suma la mayor flexibilidad para el no pago de contribuciones, la suspensión del pago del IVA y del PPM, todo ello orientado a las PYMEs. Se ha incluido una mayor capitalización del Banco del Estado, mayor flexibilidad para tratar con las deudas tributarias y para que todo el gasto de las empresas debido a la contingencia, se pueda descontar como gasto para efectos tributarios. Todo esto, significa casi 5% del PIB, un enorme esfuerzo que se financiará con la venta de Bonos Soberanos y un mayor endeudamiento del país. Quizás no se ha valorado lo suficiente este esfuerzo nacional, que ciertamente no es sólo del Gobierno, en la misma medida en que habíamos minimizado el impacto de las crisis que nos afectan. Lo más importante, es que las mismas perdurarán en sus efectos, por bastante tiempo, y afectarán severamente las finanzas públicas y la recuperación de la economía.

En nuestra sociedad somos amante de la crítica, a menudo generalista infundada y preñada de intención política. Hemos de reconocer el esfuerzo en que el país se encuentra hoy día, condicionado por la grave e inédita situación en que nos encontramos. La recuperación de nuestra economía, a partir del término de los efectos de la pandemia que nos azota, tomará bastante tiempo; el plazo dependerá crucialmente de la forma en que nuestra sociedad acoja la restauración de una paz social inherente al mejor desenvolvimiento económico. Esto, especialmente por el desánimo que los eventos políticos introdujeron en la inversión. Hora es de que el país haga jun compromiso sincero con su futuro, para que nuestra economía no deambule entre la limosna por la ayuda foránea o la creciente necesidad azotando a la población. Hora de que los liderazgos políticos asuman su responsabilidad conductora. Hora de que empecemos a divisar la luminosidad al final de un extenso y tortuoso túnel, y que dependerá fundamentalmente de nuestra unidad.


Prof. Luis A. Riveros