Hay reuniones cuyo comunicado importa menos que la imagen de ésta. Este lunes 26 de octubre, en Teherán, se produjo una de estas situaciones. En las vísperas de completar 8 meses de conflicto en el Oriente Medio, entre Estados Unidos, Israel e Irán, altos representantes de Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, integrantes del reciente firmado Acuerdo de La Meca, se reunieron con autoridades iraníes, para evitar que se reanude el conflicto armado, siendo la primera visita de un alto funcionario saudita a Irán desde que comenzó la guerra. En esta reunión confluyeron el ministro de Defensa de Arabia saudita, príncipe Khalid bin Salman, el jefe del ejército de Pakistán, mariscal de campo Asim Munir y el jefe de la Organización Nacional de Inteligencia de Turquía, Ibrahim Kalin. Por parte de Irán, el Secretario del Consejo Supremo de Coordinación Económica, Mohsen Rezaei, el Portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Esmail Baghaei y el Presidente de la República Islámica de Irán, Masud Pezeshkian.
El contexto explica la urgencia. Como comentáramos en alguna columna anterior, los recurrentes ataques hacia la infraestructura crítica en Arabia Saudita, por parte de los rebeldes hutíes, grupo respaldado por Irán, desafía lo pactado en términos de defensa colectiva por los tres países firmantes del acuerdo. El Acuerdo de Defensa Mutua de La Meca, suscrito en agosto por Riad, Islamabad y Ankara, nació como un seguro colectivo entre potencias medias musulmanas; sin embargo, hoy funciona como plataforma de contención de la crisis: un responsable pakistaní habló de edificar una red regional de no agresión, con los miembros del pacto y Catar como posibles garantes.
Para entender el alcance de este giro conviene volver a revisar algunos conceptos expresados en el libro “El gran tablero mundial” publicado en 1997. En él, el politólogo estadounidense de origen polaco Zbigniew Brzezinski, distinguía entre los actores geoestratégicos, potencias con capacidad de proyectar poder, y los pivotes geopolíticos, Estados cuya importancia nace de su ubicación y de lo que su fragilidad o fortaleza provoca en sus vecinos. Irán estaba entre estos últimos. Su territorio une el Caspio con el Golfo Pérsico, cierra a Rusia el camino hacia las aguas cálidas del sur y ofrece a Asia Central una salida alternativa para sus hidrocarburos.
De su análisis derivaba una conclusión incómoda. Una Irán estable, aunque no alineada, era preferible a una Irán aislada y empujada hacia otros brazos. La pesadilla estratégica para occidente era, precisamente, una coalición antihegemónica (de Estados Unidos) en Eurasia, en torno a China y Rusia, con Irán como engranaje. Treinta años después, Estados Unidos optó por la presión máxima, la guerra y el bloqueo, y, la región, empieza a organizar su seguridad, aparentemente, sin él.
El acuerdo alcanzado, según el comunicado conjunto, no incluye por ahora compromisos militares ni plazos. Lo que hay es una voluntad de dialogar. Pero en geopolítica, los precedentes importan. Que Arabia Saudita, aliada histórica de Estados Unidos y rival regional de Irán, se siente en Teherán mientras Washington y Jerusalén se preparan, según se informa, para una nueva ofensiva, es una declaración de autonomía estratégica. Riad expresa, sin decirlo, que no quiere ser el escenario de la próxima escalada y que prefiere comprar tiempo y seguridad con sus vecinos antes que depender de un paraguas ajeno.
Irán, por su parte, sostiene, desde hace décadas, que la seguridad regional debe basarse en las capacidades y la voluntad de los propios países de la zona. Esa tesis, antes retórica, encuentra ahora interlocutores. Teherán gana legitimidad y rompe el aislamiento, sin hacer concesiones nucleares ni retirar su apoyo a sus aliados. Si Ankara, Islamabad y Riad lo tratan como parte de la solución, la narrativa de “Estado paria” se irá debilitando.
Desde la perspectiva de la estrategia naval, el pivote tiene geografía concreta. Ormuz y Bab el-Mandeb, el primero controlado desde la costa iraní y el segundo amenazado desde Yemen, son los dos cuellos de botella por donde respira la energía y buena parte del comercio euroasiático. Quien pueda interrumpirlos, o garantizar que no se interrumpan, tiene una palanca desproporcionada. Pakistán, con su litoral sobre el Índico, y Turquía, con su control de los estrechos del Mar Negro, completan un arco marítimo musulmán que ya no depende exclusivamente de la Quinta Flota para su tranquilidad.
La prudencia exige señalar los límites. La rivalidad saudí-iraní es estructural y la confianza es escasa. Turquía e Irán compiten por influencia en el Cáucaso y en Irak. Los hutíes pueden ser una carta de Teherán o un actor con agenda propia, y esa ambigüedad debilita cualquier garantía. Estados Unidos, además, conserva bases, capacidad militar y poder financiero, y ningún socio regional puede ignorarlo por mucho tiempo.
Brzezinski advertía, con todo, que un pivote es tanto una oportunidad como una vulnerabilidad. Irán puede convertirse en el ancla de un nuevo orden regional o en el detonante de otra guerra mayor. La reunión del lunes no resuelve esa disyuntiva, pero demuestra algo que Washington debe tener presente: cuando una gran potencia se retira de la mesa, o es excluida de ella, el tablero no queda vacío. Lo ocupan otros. El surgimiento de una gran coalición del mundo musulmán, que conecte desde el Bósforo al océano Índico, plantea, potencialmente, un nuevo orden geopolítico regional de alcance global.
Leonardo Quijarro S.
Profesor Residente Academia de Guerra Naval
Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)
Senior Fellow en Miami Strategic Intelligence Institute
Contraalmirante (R)