Sr. Director,
La implementación gradual de la Ley de las 40 Horas constituye uno de los cambios laborales más relevantes de los últimos años y responde a la legítima aspiración de mejorar la calidad de vida de los trabajadores. Sin embargo, su éxito dependerá de cómo las organizaciones gestionen esta transformación.
Como docente, observo que muchos estudiantes que compatibilizan sus estudios con el trabajo relatan una realidad común: la jornada disminuyó, pero las metas, los indicadores y la carga laboral permanecen intactos. Como resultado, el trabajo se concentra en menos tiempo, lo que incrementa la presión cotidiana.
Desde la contabilidad de costos existe un principio ampliamente reconocido: lo que no se mide, difícilmente se puede gestionar. No obstante, las organizaciones siguen priorizando los costos financieros tradicionales, dejando fuera variables como el agotamiento, la fatiga mental, el ausentismo, la rotación, las licencias médicas y los errores operacionales, todos con un impacto económico real.
Reducir la jornada ofrece una oportunidad para construir organizaciones más saludables y eficientes, siempre que vaya acompañada de una revisión de los procesos, la distribución de la carga laboral y el uso estratégico de la tecnología. De lo contrario, el riesgo es trasladar la presión a jornadas más intensas e invisibilizar costos que afectan tanto a las personas como al desempeño organizacional.
Sandra Alcina
Académica Facultad de Administración y Negocios
Universidad Autónoma de Chile