Sentir el clima: Educar las emociones ante la crisis ambiental

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El cambio climático y el calentamiento global son alteraciones significativas que despiertan una gran preocupación en todo el mundo, lo que deja en evidencia el rol crucial de la educación. En este contexto, los aspectos asociados a la crisis climática no solo se vinculan a las ciencias ambientales, económicas o de la salud, sino que se extienden también al campo pedagógico. Ya en 1975, la UNESCO declaró en la Carta de Belgrado que cualquier respuesta significativa a los problemas ambientales requería que la juventud mundial recibiera un nuevo tipo de educación. Esto demuestra el papel central de las aulas en la preparación de las personas para lidiar y adaptarse a un futuro ambiental incierto.


En este camino de análisis y profundización sobre los efectos ambientales, sociales y económicos del cambio climático, se plantea el desafío de mejorar la educación no solo desde la construcción de conocimientos conceptuales, sino también desde los aspectos holísticos que rodean al ser humano. De la relación entre la crisis climática y la psicología surgen dimensiones complejas: las emociones como fuente de negación, la ecoansiedad, el sentido de pérdida, el duelo por entornos destruidos, la recuperación tras el impacto de eventos climáticos extremos y la incertidumbre por el futuro. Por esta razón, resulta fundamental comprender en profundidad el vínculo entre el cambio climático y la regulación emocional, sobre todo en los contextos escolares. Esto representa una oportunidad de desarrollo tanto para los estudiantes como para el profesorado, en función de construir aprendizajes que permitan desarrollar competencias de adaptación ante los escenarios actuales y venideros.


En consecuencia, existe una necesidad innegable de incorporar estrategias, prácticas pedagógicas e intervenciones asociadas a la educación ambiental y sostenible en los currículos formales de los diversos sistemas educativos. Para lograrlo, bajo un enfoque integral e interdisciplinario, se debe formar a los docentes en la adaptación de estos saberes a contextos específicos. Así, se promoverá una educación ambiental efectiva y equitativa que vaya más allá de la simple transmisión de información, transformándose en un espacio que integre la regulación de las emociones, las relaciones interpersonales con la comunidad y la capacidad de respuesta ante los desafíos ecológicos. En definitiva, sentir el cambio climático no es una debilidad, sino el punto de partida para una ciudadanía comprometida. La escuela tiene en sus manos una responsabilidad que trasciende los contenidos teóricos: la de formar personas capaces de habitar emocionalmente un mundo en crisis.


Gerardo Fuentes-Vilugrón

Facultad de Educación, Universidad Autónoma de Chile,

Grupo de Investigación Colaborativa para el Desarrollo Escolar (GICDE)

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