Chile suele aparecer como uno de los países más atractivos de Latinoamérica para emprender. Sin embargo, levantar un negocio sigue siendo un desafío para miles de personas que deben desenvolverse en un entorno marcado por incertidumbre económica, cambios constantes y un ecosistema donde muchas veces todavía existen más barreras que apoyos.
Si bien hoy abrir una empresa es más rápido que hace una década, gracias a herramientas digitales como “Empresa en un Día”, emprender en Chile continúa implicando altos niveles de incertidumbre para muchas pymes y pequeños negocios que operan con recursos limitados y deben adaptarse permanentemente a cambios económicos, tecnológicos y regulatorios.
Según cifras de CORFO y del Ministerio de Economía, las micro, pequeñas y medianas empresas representan más del 98% de las empresas del país y generan una parte importante del empleo formal. Sin embargo, muchas de ellas enfrentan dificultades para sostenerse durante sus primeros años. Emprender en Chile todavía implica asumir riesgos elevados en un entorno donde el fracaso suele percibirse como un estigma más que como parte natural del aprendizaje.
Ahí existe también un desafío cultural. En ecosistemas más maduros, como Estados Unidos o algunos países europeos, equivocarse forma parte del proceso emprendedor. En cambio, en Latinoamérica todavía predomina una mirada más conservadora frente al riesgo. Muchas veces se valora más la estabilidad que la innovación, y eso termina desincentivando a quienes buscan desarrollar nuevas ideas.
Pero emprender no debería depender únicamente de la intuición o de “atreverse”. Hoy, más que nunca, también requiere formación. Porque levantar un negocio en un entorno marcado por inteligencia artificial, automatización, nuevas plataformas digitales y consumidores cada vez más exigentes implica desarrollar capacidades que antes no eran necesarias.
Durante mucho tiempo existió la idea de que el emprendimiento no podía enseñarse, que simplemente era una habilidad innata. Sin embargo, la experiencia demuestra lo contrario: se puede aprender a innovar, administrar, validar modelos de negocio, liderar equipos, utilizar herramientas digitales y adaptarse a mercados que cambian constantemente.
Y, sobre todo, se puede aprender equivocándose. Ese es quizás uno de los mayores desafíos del ecosistema emprendedor chileno: generar espacios seguros donde los futuros emprendedores puedan experimentar, fallar, corregir y volver a intentar antes de enfrentarse al llamado “valle de la muerte” que viven muchos negocios en sus primeros años.
Ahí la academia tiene una responsabilidad fundamental. Ya no basta con enseñar teoría o administración tradicional. Se necesitan metodologías prácticas, aprendizaje basado en proyectos, vinculación con empresas reales y formación conectada con tendencias actuales como inteligencia artificial, innovación digital, automatización y nuevos modelos de negocio.
En ese contexto, carreras orientadas a innovación y emprendimiento surgen como una respuesta concreta a una necesidad real del mercado: formar personas capaces no solo de crear empresas, sino también de adaptarse, reinventarse y tomar decisiones en escenarios altamente dinámicos e inciertos.
Porque emprender no es solamente abrir una empresa. Es aprender a detectar oportunidades, resolver problemas, liderar equipos y también equivocarse, corregir y volver a intentar. Y mientras antes entendamos que el error forma parte del aprendizaje emprendedor, más posibilidades tendremos de transformar buenas ideas en innovación, desarrollo y crecimiento para el país.
Por José Miguel Vergara, subdirector de la Escuela de Administración y Negocios de Duoc UC.