​La paradoja de la conexión: más avances tecnológicos, menos compañía

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Cherie Flores 2025 (1)

El hecho de que vivamos en una cultura de hiperconectividad permanente nos hace olvidar que nunca en la historia de la humanidad habíamos estado en una situación similar. Basta un mensaje instantáneo, una reacción o una historia compartida para hacernos sentir acompañados, aunque sea por un fugaz instante. 


Sin embargo, algo ocurre en medio de esta conexión digital constante, mediada principalmente por redes sociales y otras aplicaciones de mensajería: no siempre se profundiza la cercanía con los demás y, muchas veces, emerge una sensación de soledad y desconexión emocional que, según diversos estudios, se traduce en un aumento del malestar psicológico, especialmente entre jóvenes y adolescentes.


Esta tensión ha sido descrita como la paradoja de la conexión: una situación en la que las redes sociales amplían nuestras posibilidades de contacto, pero no pueden garantizarnos un vínculo. Aunque tengamos más “seguidores”, más interacciones o mayor visibilidad, muchas veces seguimos sintiéndonos solos. Pareciera que, mientras la conexión técnica se multiplica, la conexión emocional se vuelve más frágil.


Parte del problema radica en que se ha confundido presencia con cercanía. Un “Me gusta” puede activar una gratificación inmediata; no obstante, difícilmente reemplaza una conversación en la que otro nos escucha con atención real. Estar disponibles no es lo mismo que estar presentes y, por tanto, estar conectados no equivale necesariamente a sentirnos acompañados.


Qué se está dejando en el camino

A primera vista, la solución podría entenderse a través de una consigna simple: menos pantallas, menos redes, más desconexión. Pero esta fórmula resulta insuficiente. En primer lugar, no se puede ignorar que las redes sociales forman parte estructural de la vida cotidiana actual. Y en segundo lugar, se reduce una experiencia compleja a una cuestión exclusivamente relacionada con el tiempo de uso. La pregunta relevante no es únicamente cuánto tiempo pasamos en redes, sino qué tipo de experiencias estamos teniendo en ellas.


Esto implica aprender a habitar estos espacios digitales de manera más consciente. Las redes sociales no son espacios neutros, pues en ellas se mezclan vínculos, expectativas, comparación social y búsqueda de reconocimiento. A través de un flujo constante de imágenes y relatos, muchas veces se construye una sensación de vida ajena más exitosa y feliz. En ese contexto, no es extraño que muchas personas se sientan insuficientes, insatisfechas o emocionalmente desconectadas, incluso estando “rodeadas” de otros en el entorno digital.


Nunca habíamos tenido tantas oportunidades de contacto y, al mismo tiempo, tantas dificultades para mantener encuentros significativos. Habitamos redes densamente pobladas, pero emocionalmente livianas. Esta paradoja no implica que las redes sociales sean, en sí mismas, el problema, ni que la solución consista en rechazarlas o idealizar un pasado sin tecnología. 


El desafío va mucho más allá: preguntarnos qué tipo de conexión estamos cultivando y qué estamos dejando de lado en el camino. Porque, cuando la conexión se vuelve constante pero superficial, la sensación de vínculo se debilita. Quizás el mayor desafío de nuestra época no sea estar menos conectados, sino aprender a conectarnos mejor, enfatizando lo relacional por sobre lo tecnológico.


Cherie Flores Fernández, 

Académica Departamento de Gestión de la Información, Facultad de Economía y Administración, UTEM

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