El escenario energético global está enfrentando una grave crisis, cuyo origen no es únicamente económico sino fuertemente geopolítico. La persistente inestabilidad en Medio Oriente, el reciente daño a infraestructura petrolífera, la volatilidad del gas natural y los conflictos políticos en torno a recursos energéticos en América Latina y alrededor del mundo, vuelve a recordarnos una lección muchas veces olvidada, la energía es un recurso estratégico para los Estados.
Los últimos acontecimientos en Perú han encendido el debate sobre el control y distribución del gas natural, lo que refleja una realidad no ajena a otros países y nos confirma que una fuerte dependencia energética puede transformarse rápidamente en inestabilidad económica y social.
El gas natural durante décadas ha sido adoptado como base energética por varias economías debido a su valor relativamente bajo, abundancia y a sus emisiones, significativamente menores comparadas a las del carbón o petróleo. Pero esa percepción cambió abruptamente tras la invasión rusa a Ucrania en 2022, cuando Europa experimentó una de las mayores crisis energéticas de su historia reciente. En cuestión de meses, el precio del gas natural en Europa quintuplicó su valor. Industrias completas enfrentaron cierres temporales y los gobiernos debieron desplegar subsidios millonarios para contener el impacto económico y social. Este lamentable episodio nos enseñó que la energía aparentemente barata puede volverse extremadamente costosa cuando se consideran los riesgos geopolíticos asociados a su suministro.
La delicada situación geopolítica incrementa la relevancia en torno al desarrollo de la industria del hidrógeno verde. Hoy, el hidrógeno producido a partir de gas natural o hidrógeno gris, sigue siendo el más competitivo desde el punto de vista del costo directo. Dependiendo del precio del gas, los costos de producción pueden variar entre 1 y 2 dólares por kilogramo, mientras que el hidrógeno verde producido mediante electrólisis con energías renovables aún presenta costos mayores, que en muchos casos se sitúan entre 3 y 6 dólares por kilogramo.
A simple vista los números no dan, sin embargo, esta evaluación omite variables clave: la volatilidad del gas natural, los crecientes costos regulatorios del carbono y, sobre todo, la dependencia energética externa en un mundo inestable. En este contexto, el hidrógeno verde comienza a adquirir una dimensión distinta, altamente estratégica, en la cual este vector energético puede convertirse en una herramienta de soberanía energética. A diferencia del petróleo o del gas, cuya distribución geográfica está determinada por la geología, el hidrógeno verde puede producirse prácticamente en cualquier territorio que disponga de electricidad renovable competitiva y acceso a agua. Esto abre la posibilidad de que países históricamente dependientes de la importación de combustibles fósiles comiencen a construir su propia base energética.
Para Chile, esta discusión es de gran relevancia. El país importa aproximadamente el 60% de la energía que consume, lo que lo convierte en una de las economías más dependientes de combustibles externos dentro de la OCDE. Durante décadas, esta dependencia ha sido un factor estructural de vulnerabilidad económica. Sin embargo, el mismo territorio que carece de grandes reservas de hidrocarburos posee uno de los mayores potenciales de energía renovable del planeta. El desierto de Atacama concentra niveles de radiación solar entre los más altos del mundo, mientras que la Patagonia presenta recursos eólicos de altísimo potencial. Esta combinación permite proyectar costos de electricidad renovable extremadamente bajos, un factor clave para reducir el costo del hidrógeno verde.
La Agencia Internacional de Energía ya nos puso en el podio, indicando que Chile podría ser el productor más competitivo del planeta en la próxima década. Si logramos que estas proyecciones se concreten, el salto sería histórico: pasar de ser importadores crónicos a exportadores netos de energía limpia para mercados afectados por la inestabilidad geopolítica y en búsqueda de cumplir metas de descarbonización en un escenario complejo.
Pero cuidado, el tema no es solo económico, ni de cuanto retorno puede Chile obtener de todo esto. El fondo del asunto es la resiliencia. En un mundo donde las cadenas de suministro se cortan y los conflictos escalan de un día para otro, producir tu propia energía es un activo de seguridad nacional, al mismo nivel que la defensa o la alimentación.
La pregunta que debemos hacernos en las mesas de decisión no es si el hidrógeno verde es hoy más caro que el gris. La pregunta de fondo es: ¿Cuánto está dispuesto a pagar Chile por su soberanía energética en un mundo que no da garantías de nada?
En el siglo XX, el poder estaba en quienes tenían pozos de petróleo. En el XXI, el poder se mueve hacia quienes tienen el viento y el sol, y la tecnología para empaquetarlos. Chile tiene una oportunidad de única para liderar este cambio de mando. Pero cuidado: en este mercado, las oportunidades no están abiertas para siempre. O lideramos la transición ahora, o nos resignamos a seguir pagando la cuenta de otros.
Isaac Díaz,
Departamento de Ingeniería Química y Bioprocesos de la Usach