Históricamente, los imperios se consolidaron mediante el control de las rutas marítimas y, más tarde, del espacio aéreo. Hoy, la frontera de la soberanía se ha desplazado hacia dos extremos invisibles: el vacío del espacio extraterrestre y la profundidad de los océanos donde residen los cables de fibra óptica.
La fricción generada por el proyecto "Chile-China Express" no es un evento aislado de la política exterior chilena, sino un síntoma de la "Gran Escisión" digital. Al igual que la Luna o Marte se han convertido en terrenos de disputa para el posicionamiento de satélites y bases de operaciones, el lecho marino del Pacífico es el tablero, donde se decide quién tendrá el derecho de "escucha" y "distribución" de la información del mañana.
Existe una simetría fascinante entre la competencia por la conquista del espacio y la conquista de las profundidades abisales. En el espacio exterior, EE.UU. y China compiten por el despliegue de constelaciones de satélites (como Starlink vs. las redes estatales chinas) siendo los objetivos de ambas superpotencias los mismos: el control de la latencia, la cobertura y la capacidad de interceptar señales antes de que toquen tierra.
En el fondo del mar, el cable submarino actúa como la contraparte física del satélite. Mientras que en el espacio la ventaja se mide en la capacidad de posicionar hardware en órbitas estratégicas, en el océano la ventaja radica en la propiedad de las "estaciones de aterrizaje" y los repetidores de señal. Quien controla el hardware que transporta los 1 y 0 de los datos, ya sea mediante pulsos de luz en fibra óptica (digital/análoga) o, en un futuro cercano, mediante fotones entrelazados (cuántica), controla la realidad misma del adversario.
Si el espacio exterior permite la vigilancia cenital, el cable submarino permite la "vigilancia del sustrato", este último, en referencia al contenido de la información. En ambos casos, el riesgo es el mismo: la capacidad de una potencia extranjera para "apagar" o "leer" la columna vertebral de una nación.
El conflicto por el Chile-China Express no reside en la velocidad de conexión, sino en la naturaleza del hardware. La preocupación expresada por el Departamento de Estado de EE.UU. hacia los funcionarios del Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones (MTT) de Chile, aunque manifestada mediante sanciones de visado, subyace en un concepto técnico-político: la confianza del ecosistema.
Independientemente de si la computación es análoga, digital o cuántica, la información debe viajar por un medio físico. En el nivel de los 1 y 0, los datos son agnósticos a la ideología, pero el hardware que los procesa no lo es. El acceso a los repetidores y a los sistemas de gestión de red (Network Management Systems) por parte de empresas vinculadas a un estado, en este caso a China y su nexo con China Mobile, genera el riesgo del “Tapping” (intervención de los datos), otorgando a Beijing una capacidad de intervenir los metadatos o comunicaciones sensibles, lo que es, en esencia, una forma de inteligencia predictiva.
El análisis científico de este tipo de infraestructura revela que el peligro no es necesariamente el robo de un correo electrónico individual, sino la captura masiva de metadatos. En ese contexto se podrían dar las situaciones el mapeo de redes, dado que, al tener el control físico se podría mapear la topología de comunicaciones gubernamentales, militares y/o financieras de la región; el uso de computación cuántica, dado que esta tecnología plantea un desafío a los actuales sistemas de cifrado, los que podrían ser rotos en un futuro cercano; y la soberanía de interrupción, considerando que quien tiene el control físico de cables, repetidores y/o terminales, puede, en caso de conflicto, “cerrar la llave”.
Por otro lado, el mayor temor de Washington no es un "hacker" sentado en Beijing, sino la Ley de Inteligencia Nacional de China del año 2017. Las razones de estos temores radican en su alcance, pues esta ley obliga a todas las empresas chinas (como China Mobile, involucrada en el proyecto) a "apoyar, cooperar y colaborar en el trabajo de inteligencia nacional"; y el impacto en los datos, porque si el cable termina en Hong Kong, legalmente, el gobierno chino podría exigir acceso a los servidores de gestión del cable para auditar, copiar o desviar flujos de datos sin necesidad de una orden judicial internacional.
El proyecto Chile-China Express ha dejado de ser un desafío de ingeniería para convertirse en una declaración de principios geopolíticos. La sanción a funcionarios chilenos es apenas el síntoma superficial de una enfermedad más profunda: la pérdida de la inocencia digital.
El impacto real del acceso a estos datos es la creación de una "dependencia de sustrato". Chile, al buscar conectividad, se encuentra atrapado en la gravedad de dos planetas masivos. En esta realidad, se desprende que, en el siglo XXI, no existe tal cosa como una "carretera digital neutral". Cada kilómetro de fibra óptica depositado en el fondo del Pacífico es un hilo que ata el destino de la soberanía nacional a la potencia que fabrica el cristal, programa el código y gestiona la luz.
Al igual que en la conquista del espacio, en el fondo del mar no hay espacio para la ambigüedad. El control de los 1 y 0 es, en última instancia, el control sobre la capacidad de una nación para decidir su propio futuro en la red global.
Leonardo Quijarro S.
Profesor Residente Academia de Guerra Naval
Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)
Contraalmirante (R)