El Black Friday ya no es solo sinónimo de descuentos, también se ha convertido en uno de los escenarios más atractivos para el fraude digital. El alto volumen de transacciones, la presión por aprovechar ofertas limitadas y la baja tolerancia a la fricción en la compra crean el contexto perfecto para que los ciberdelincuentes operen con mayor eficacia.
Las estafas más recurrentes siguen siendo el phishing, ahora mucho más sofisticado, con correos que replican logos y diseños casi idénticos a los originales y sitios web clonados cuya única diferencia está en un detalle mínimo de la URL. A esto se suma el smishing, mensajes SMS que simulan provenir de empresas de delivery y aprovechan la expectativa por recibir productos. También aparecen tiendas falsas creadas para capturar pagos y desaparecer, junto a promociones engañosas que instalan malware en los dispositivos. En todos los casos, los atacantes explotan dos emociones básicas: urgencia y confianza.
Detectar el fraude implica observar señales como URLs sospechosas, precios imposibles, solicitudes de pago solo por transferencia, ausencia de datos de contacto o requerimientos de información bancaria por correo o SMS. Para los comercios, el desafío es doble: garantizar disponibilidad y reforzar la seguridad mediante cifrado robusto, firewalls, monitoreo en tiempo real, pruebas de capacidad y planes efectivos de respuesta a incidentes.
Para los consumidores, la regla es clara: verificar antes de comprar. Revisar la URL y el candado de seguridad, validar la reputación del comercio y desconfiar de descuentos extremos puede marcar la diferencia. Complementar estas medidas con tarjetas virtuales o de cupo limitado reduce el impacto ante un posible fraude. Protegernos ya no es solo un requisito técnico, es un acto de autocuidado digital que vale más que cualquier promoción.
Maldonado,
Gerente Risk Advisory Services IT en BDO Chile