​Megaproyectos y Comunidad, un nuevo pacto necesario

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Bernardita Espinoza


Mi padre, nos enseñó que es deber de los ingenieros, aportar al país llevando bienestar a los más desposeídos y postergados de la Sociedad mediante el desarrollo de Proyectos aporten a su Progreso, en especial en las zonas más deprimidas, de modo tal de generar no sólo beneficios económicos, sino que también y en forma primordial beneficios sociales. Pues un país no progresa con el enriquecimiento de unos pocos, sino con la proliferación del bienestar en su ciudadanía. Él trabajó siendo ingeniero joven en la Corfo en los años 60-70 y en dicha época nadie dudaba de la relevancia que tenía para el país y la ciudadanía la ejecución de megaproyectos industriales, mineros y energéticos.

60 años más tarde, esa perspectiva, de los proyectos como aportes al desarrollo del país, como potenciadores del surgimiento de otras actividades económicas en el entorno en que se ejecutan y operan, como catalizadores de la generación de cambios en infraestructuras y servicios en beneficio de las comunidades de las zonas que se instauran, es una visión, que por alguna razón, que es necesario atender e internalizar y resolver, en los últimos tiempos ha sido desentendida por la Sociedad y que es necesario rescatar y reinventar en nuestro inconsciente colectivo.

Sin duda gran parte de dicha visión de permanente sospecha y desconfianza ha tenido asideros, en la carente visión que hubo en los primeros años de desarrollo de proyectos, de este rol de las empresas que trasciende la generación de valor para sus accionistas, sino que debe incorporarse al entorno como parte, aporte y nuevo miembro de las comunidades en que se incorporan.

Es probable que la gente haya tenido esperanzas y confianza por muchos años, pero que en algunos casos haya sido decepcionada, pues los proyectos vinieron, generaron valor para sus accionistas, pero no necesariamente trajeron consigo la merecida prosperidad y bienestar que era esperable produjeran en las zonas en las cuales se habían instalado y operado. Caso emblemático es mi querida Calama, Tocopilla, María Elena y otras localidades aledañas a grandes proyectos mineros, que luego de décadas de entregar recursos al país, son víctimas de deficiencias inauditas para el siglo XXI, en infraestructura pública y privada, así como en calidad y cantidad de Instituciones educacionales y de salud.

No obstante, los errores del pasado no deben ser una razón para negarnos a continuar potenciando el país con los megaproyectos que necesita para su desarrollo, como ha estado pasando en la última década, con la permanente oposición beligerante, muchas veces políticamente alentada y aprovechaba como fuente de popularidad y por ende votos, que no se centra en mejorar dichos proyectos, para hacerlos factibles corrigiendo sus deficiencias, sino en derechamente desbaratarlos y en muchos casos, además, una excesiva judicialización más basada en razones políticas que fundamentos técnico ambientales objetivos. Casos emblemáticos son la Minera Dominga, La nueva Línea 2x500kV Cardones-Polpaico, Mina Invierno y otros, inclusive HidroAysén y Pascualama, proyectos que nadie se atreve públicamente a defender, por el costo político que puede implicarles. Además, se debe considerar que la creciente oposición y judicialización ha aumentado los plazos de aprobación e incluso las probabilidades de rechazo de los proyectos en general, cuestión que inevitablemente conlleva que los inversionistas eviten proyectar inversiones en Chile, de modo que además de los proyectos detenidos o retrasados, están los proyectos que nunca llegaron a proyectarse a causa de dicha tendencia opositora.

Y entonces ¿qué nos queda?, ¿negarnos al progreso y los beneficios directos e indirectos que éste trae? Pues no. No podemos permitirnos, que por lo errores del pasado, que sin justificarlos, obedecían a la tendencia de los tiempos y al aprendizaje que en todo el mundo se fue teniendo respecto de empresa y sostenibilidad, detengamos uno tras otros todos los proyectos de la década y con ello, los progresos que estos deben traer al país, a las zonas en que se incorporan y a las comunidades que se integran.

Es claro que para esto es necesario, generar el cambio paradigmático respecto de qué es una empresa, cuál es su rol, como debe incorporarse en los territorios, como un aporte, un impulso a la economía no solo del país, sino de la región y comunidad que resulta de alguna medida impactada y respecto de la ciudadanía reconectarse con confianza, participación y apertura a las nueva iniciativas, con el objetivo de hacer valer sus aprehensiones y en forma constructiva de modo que los proyectos no se detengan, se realicen, pero en las condiciones que les hagan ser un aporte constructivo y concreto a sus vidas.

Ya no basta con que la empresa coopere con “cuidar el medio ambiente”, con “apoyar a las comunidades”, desde afuera, como un benefactor foráneo, las expectativas son otras y mayores, han evolucionado. Y aquí, hago un paralelo con los conflictos de género de esta época, ya no basta un hombre que “coopere en las labores domésticas de la casa”, se necesita un hombre que “sea parte de ellas, como un miembro activo más de la comunidad hogar”, que las incorpore a su rol, a su función y la encadene a sus objetivos.

De este mismo modo la empresa que pretenda incorporarse a una zona y comunidad, en especial aquellas que explotan los Recursos Naturales, debe hacerlo de forma tal, que su incorporación implique un incremento sostenido en el tiempo del bienestar de dicha comunidad y zona, y que dicho aporte lo haga formando parte de este devenir y compartiendo dichas responsabilidades como un miembro más de la comunidad, como parte de su rol y firmemente encadenado a los objetivos de la empresa. Y esta función de la empresa debe ser parte de su core business de la empresa, y no una labor de filantropía, o un grupo de comunicaciones o de RSE, mucha veces poco jerarquizado en las organizaciones y que opera al margen de los objetivos operacionales de ésta.

Asimismo, la empresa deberá incorporarse al mundo en su globalidad tomando en cuenta los nuevos desafíos que éste nos señala, entre otros, la transformación total de la matriz energética, la búsqueda y promoción de nuevas gentes de energía, nuevas formas de concebir el uso del agua, la mitigación de las emisiones, la conservación de la biodiversidad y todos estos elementos no pensados y proyectados tal solo considerando cumplir las normas locales vigentes sino que comprendiendo el contexto global en que estamos inmerso.

Como reflexión final, el lujo que no podemos darnos, es frenar el progreso, pues es la única fuente de bienestar, en especial en las condiciones que quedará el país y el mundo post pandemia.


Bernardita Espinoza