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Luis Riveros |
Cuando influyen más las amistades y las presiones familiares que la legítima opción de cada uno, se contribuye a las ya elevadas tasas de deserción del sistema de educación superior.
Seguramente terminaremos estableciendo una modelo “marraqueta” para homogenizar los costos y ajustarse así al impacto fiscal de la gratuidad. Será, de tal forma, un grave daño a la calidad y diversidad que precisa nuestra educación.
Hay que exigir a los políticos, especialmente a los Parlamentarios, que ejerzan su labor con altura de miras, para construir un encuentro nacional que, conservando las legítimas diferencias, pueda construir mayor tranquilidad al futuro nacional.
Si se justifica un asesinato porque la víctima “lo merecía”, se destruye la mínima aceptable forma de convivencia, para llegar a una sociedad en que el crimen político pasa a ser una forma de resolver las diferencias. Un Parlamentario no puede ser partícipe de esta transgresión a la convivencia republicana.
La esperanza es que los partidos recuperen su capacidad de conducción en torno a idearios sólidos y apegados a las prioridades de la ciudadanía.
- Corregir este sistema no será fácil, y las universidades con problemas financieros crecerán en desmedro de los mismos estudiantes a quienes comprometemos gratuidad para su formación.
El andamiaje del sistema educativo está diseñado para que las conductas cívicas no sean parte importante de la formación.
Ya no es un privilegio estudiar para ser profesor, sino que un castigo por no haber sido posible estudiar otra cosa; por eso ya no existe vocación; por eso se ha destruido el alma de la educación.
La desilusión lleva a construir liderazgos que reflejan el sentimiento de la gente, más que a patrones ideológicos definidos, factores usualmente descuidados por los liderazgos políticos tradicionales.
Debe empezar a primar la cordura y la necesidad de trabajar en colaboración e integración, que son los verbos que deben saber conjugarse en este siglo XXI.