|
Edwin Pelayo |
Chile, como economía abierta y dependiente de la importación de petróleo, enfrenta nuevamente un shock externo que impacta directamente en los precios de los combustibles. La guerra en Medio Oriente ha generado una disrupción en el suministro global de crudo, elevando los costos internacionales y tensionando las arcas fiscales. Este escenario se suma a crisis previas —COVID-19, guerra en Ucrania y crisis energética de la OPEP+— que ya habían puesto a prueba la capacidad del Estado para amortiguar la volatilidad de las bencinas mediante el MEPCO y políticas fiscales expansivas. La coyuntura actual obliga a reflexionar sobre las medidas más adecuadas y sobre las lecciones que Chile puede extraer de experiencias internacionales.
Según el Global Competitiveness Report del Foro Económico Mundial, en 2014 Chile ocupaba el puesto 33 en el índice de productividad laboral, pero actualmente se encuentra en el puesto 44. Este descenso se debe a varios factores, como la inestabilidad política y social, la estructura del mercado laboral, y la falta de avances en educación y capacitación.
En la era de la globalización y la transformación digital, la educación superior se enfrenta a desafíos y oportunidades sin precedentes. La inteligencia artificial (IA) y la neurociencia emergen como herramientas clave para potenciar las competencias de los estudiantes, exigiendo un cambio radical en las metodologías de enseñanza y un nuevo protagonismo para el profesor universitario.
Las criptomonedas han emergido como una alternativa disruptiva, capturando la atención de miles de personas. América Latina, históricamente vulnerable a la volatilidad financiera, ha sido testigo de un auge significativo en la adopción de estos activos digitales. Chile, en particular, se ha posicionado como un epicentro de esta tendencia, desafiando las estructuras financieras tradicionales y generando un debate crucial sobre el futuro del dinero. ¿Estamos, en efecto, presenciando el nacimiento de una nueva era financiera?
Según el Global Competitiveness Report del Foro Económico Mundial, en 2014 Chile ocupaba el puesto 33 en el índice de productividad laboral, pero actualmente se encuentra en el puesto 44. Este descenso se debe a varios factores, como la inestabilidad política y social, la estructura del mercado laboral, y la falta de avances en educación y capacitación.