​Una locura a considerar

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Germu00e1n Pinto (columnista)


Dado que estamos llanos a redefinir nuestra sociedad y nuestras “estructuras”, siendo el sistema tributario uno de esos aspectos a ser revisados, creo oportuno poner en la mesa de discusión la vieja controversia del Impuesto al Valor Agregado (IVA) el cual tiene profundos efectos en la economía doméstica de los chilenos.

Como es sabido, este tributo grava toda transacción realizada en forma habitual que implique una convención que traslade el dominio sobre bienes corporales muebles e inmuebles, a título oneroso y realizado dentro del territorio, como también una serie de servicios que tienen particulares características, amén de tener otros hechos gravados que no viene el caso detallar, sino solo referirme a que es un tributo está presente en las principales transacciones que todas las personas realizamos de forma recurrente.

Su tasa es de un 19% y es regresivo porque afecta a todos los contribuyentes sin importar su patrimonio, afectando de mayor forma a quienes tienen menos ingresos ya que es distinto pagar el 19% para adquirir un mismo artículo para una persona que tiene ingresos mensuales por 500 mil pesos a otro que tiene ingresos por 10 millones. Es por ese motivo que aumentar la tasa de este tributo afectaría negativamente a una gran cantidad de personas cuyos ingresos son bajos, máxime si ya es palmario el hecho que en Chile existe una desigual distribución del ingreso donde pocos concentran la mayor parte de la riqueza del país.

Atendiendo al momento coyuntural en que estamos enfrentados y que apremia solucionar los problemas financieros de la población, creo que es oportuno que la autoridad influya en la fijación de precios de bienes y servicios a través de una baja en este tributo para aliviar los gastos de la población. Esto que digo puede ser una herejía para ortodoxos de la economía, lo cual no está ajeno de la realidad y desde un punto de vista teórico es una total y completa estupidez, pero situaciones complicadas, requieren soluciones complicadas y considero fehacientemente que en estos momentos debemos considerar como adecuada esta sandez. Sin embargo, la locura debe ser dirigida.

Teóricamente, el bajar el IVA generaría una baja en los precios, hecho que no ocurrió a mediados de los años ochentas cuando la otrora autoridad económica bajó la tasa de este impuesto de 20% a 16%, siendo esta rebaja una potente señalar y herramienta para lograr frenar la tremenda inflación que teníamos. Sin embargo, en los meses siguientes de esta medida, el IPC siguió subiendo y no logró el tan anhelado decremento en los precios.

Pese a lo palmario de la evidencia empírica de lo anterior, creo que estamos en un momento de nuestra historia que merece considerar esa rebaja para generar lo que la población, ahora mucho más empoderada que en los años ochenta, está demando, dando una poderosísima señal de la autoridad para generar un alivio a la economía doméstica del país, exigiendo a los productores que esa rebaja en el precio sea trasladada a los consumidores, so pena de la aplicación de sanciones por parte de la autoridad, al no comulgar con el espíritu solidario que se está exigiendo que exista en nuestra comunidad.

Otro atentado a la ortodoxia económica que manifiesto en esta columna, es el hecho que al bajar el IVA se verán beneficiados los más ricos, pues ellos también pagan IVA. Pues bien, mi propuesta luce además de una selección y discriminación de artículos, concentrando la rebaja solo en aquellos de primera necesidad y, por qué no decirlo, comercializados en determinados y específicos puntos de ventas, como serían farmacias populares, ferias libres, supermercados ubicados en sectores populares y otros con características similares.

Extremando aún más esta desquiciada propuesta, creo oportuno dejar exentos ciertos productos como medicamentos, pan, harina, leche, verduras y otros bienes de primera necesidad.

Ya estoy escuchando las risas de los entendidos y de organismos fiscalizadores ante esto último, pues sigue siendo una locura y una ineficiencia dejar sin IVA la venta de determinados productos, porque genera un foco de evasión, dado que estos vendedores, al no tener IVA en sus ventas, se sentirán seducidos a comprar sin IVA, ya que a ellos no se les aplicará el juego de Débito Fiscal contra Crédito Fiscal. Si bien esto es totalmente cierto y el no tener débito es un aliciente para despreciar el crédito, ¿por qué no se concede un sistema de devolución del IVA que estos vendedores y prestadores de servicios pagan al adquirir sus insumos, tal como se les concede a los exportadores según el mecanismo del artículo 36 de la Ley sobre Impuestos a las Ventas? Si bien los exportadores son un sector protegido, ¿por qué no protegemos o beneficiamos a vendedores de productos de interés social ahora que estamos con la soga al cuello y la población exige cambios radicales?

Creo que, con un Estado subsidiario, pero complementado con un Estado regulador podemos lograr equilibrios que en la práctica pueden dar mejor solución que la ortodoxia económica propone y que no ha dado los resultados esperados en su aplicación por 40 años en nuestro país y que, ahora, la evidencia empírica que vemos en las calles, nos impele a recurrir a medidas que prontamente den alivio a la ciudadanía.


Prof. Germán R.Pinto Perry

Director Magíster en Planificación y Gestión Tributaria

Universidad de Santiago