Héctor Casanueva



Héctor Casanueva

La falta de gobernanza anticipatoria del sistema internacional, y de la propia UE, queda al descubierto por esta arremetida rusa contra Ucrania, que desafía todo el sistema de seguridad y defensa instalado al término de la II Guerra Mundial, y después del fin de Guerra Fría. El futuro del multilateralismo ya no es el que era.

Tomo prestado para encabezar esta columna, parafraseándolo, el título del notable ensayo de humanismo científico: “A horcajadas en la luz”, escrito en 1968 por el ingeniero, poeta y escritor, premio nacional de literatura, Arturo Aldunate Phillips (1902-1985). Una obra fundamental junto a otros de sus ensayos, como “Quinta dimensión”, “El amenazante año 2000”, “Los robots no tienen a Dios en el corazón”, “Mensaje del mundo verde”.

En la Cumbre COP 26 se suceden los discursos con buenas intenciones de los líderes mundiales, junto con los llamados urgentes a la acción concreta de la comunidad científica y académica, las ONGs y la opinión pública mundial, especialmente los jóvenes. Los resultados, sin embargo, limitados, insuficientes, van en una línea divergente de intenciones y llamados.

La posibilidad de que la especie humana llegue a extinguirse es una preocupación creciente, como por ejemplo para el Grupo de Oxford o el Centro para el Estudio del Riesgo Existencial (CSER) de la Universidad de Cambridge, los think tanks The Millennium Project con sus 4.500 expertos, la World Futures Studies Federation, la Federación de Futuristas Profesionales, la Red Iberoamericana de Prospectiva, por citar algunos.

“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada persona es un pedazo del continente, una parte de la masa. Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, tanto como si fuera un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia.

Miguel de Unamuno, filósofo, escritor, catedrático, diputado y dos veces rector de la Universidad de Salamanca, dirigió en un momento a sus alumnos y académicos un ferviente llamado a no quedarse solo en el pasado, sino que también pensar y ocuparse del futuro.

Hay avances científicos y tecnológicos que merecen toda la atención desde la ética y la política, y deben ser objeto de análisis y medidas regulatorias, para orientar, encauzar y anticipar, asegurándonos de que van en beneficio de las personas. Esto, más allá de las buenas intenciones de quienes desarrollan estas innovaciones.

Aunque la Organización de las Naciones Unidas (ONU) incluye agencias que están abordando muchos de los problemas que enfrenta la humanidad en la actualidad, no existe una oficina central e integrada para monitorear, prever y anticipar amenazas globales de carácter estratégico para la supervivencia de la humanidad.

Considerando que los efectos multidimensionales más duros de la pandemia durarán, en la hipótesis optimista, un quinquenio, y en la pesimista una década, el desafío que tendrán que enfrentar las nuevas autoridades políticas, desde el más alto nivel hasta los ámbitos locales, es también multidimensional y de alto riesgo.

La pandemia que no cesa ha puesto de manifiesto con total claridad que las cosas no se pueden seguir manejando como hasta ahora, a nivel local, regional o global. Y que las instituciones públicas, las empresas, los organismos internacionales y la ciudadanía, no podemos seguir en la ilusión prospectiva de un mundo que supuestamente vivirá en un constante progreso con un modelo de crecimiento como el que tenemos hasta ahora. Ya no se trata de capitalismo versus comunismo, o de neoliberalismo versus socialismo, sino de sentido común.