Detrás de estas cifras hay realidades concretas: niños que crecen lejos de su familia y niñas que asumen responsabilidades propias de la adultez. Es una niñez que, en lugar de ser protegida, termina adaptándose a contextos de vulnerabilidad que la sobrepasan. Esto plantea una pregunta inevitable: ¿qué rol está cumpliendo hoy la familia en el desarrollo de la niñez?
Desde la perspectiva de Bobadilla, enseñar a gestionar la rabia ayuda a los niños a desarrollar autorregulación, empatía y resolución de conflictos: “No se trata de evitar que se enojen, sino de enseñarles a identificar qué sienten, por qué lo sienten y cómo expresarlo de manera respetuosa y segura”.
¿Por qué es importante que los niños y niñas puedan vivir en una familia que les brinde cariño, protección, seguridad, contención y salud? Porque estos factores son cruciales para su crecimiento, desarrollo y bienestar.
Esta desafía una tradición jurídica muy arraigada que es que nadie puede tener más de dos padres y, la más habitual aún, que solo es posible tener un padre y una madre. Esta práctica en la actualidad cede frente al derecho del niño a su identidad, a ser oído y a la autonomía progresiva.