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Juan Pablo López |
He participado en sesiones donde se discute durante una hora el costo de un firewall y luego, en tres minutos y con un abrazo, se despide a la única persona que tenía todas las llaves de la empresa. El lunes siguiente sus accesos seguían activos. Nadie los revocó, porque revocarle algo a alguien de confianza suele sentirse como una traición. Ahí aparece una de las mayores debilidades del gobierno corporativo: cuando la confianza sustituye al control.
Durante la última semana, un episodio volvió a instalar un patrón conocido en ciberseguridad. La Tesorería General de la República y el Registro Civil fueron inicialmente señalados como blanco de un ciberataque masivo. Días después, la Agencia Nacional de Ciberseguridad confirmó un origen distinto, vinculado al robo de credenciales de un funcionario. La diferencia no es menor, porque marca la distancia entre un incidente que puede resolverse desde TI y otro que escala directamente al directorio.
La velocidad con que avanzan las tecnologías basadas en inteligencia artificial ha profundizado una brecha que ya era observable en el mundo empresarial. La distancia entre el desarrollo tecnológico y la capacidad de evaluación de las organizaciones se ha ampliado hasta convertirse en un factor de riesgo en sí mismo, especialmente en contextos donde la presión por adoptar innovación se impone sobre la necesidad de comprenderla y donde el tiempo disponible para decidir se reduce de manera significativa.