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Carolina Pérez Echeverría |
En el mundo corporativo este replanteamiento generó un dilema. Durante décadas asociamos el liderazgo a la capacidad de saber qué hacer, decidir rápido, mostrar certeza. Hoy eso ya no basta.
Cuando recién hizo su aparición, la Inteligencia Artificial se abordó en clave de eficiencia: automatizar procesos puntuales, reducir costos, acelerar tareas. Y aunque ha pasado muy poco tiempo, ese enfoque ya quedó corto. El impacto de la IA en el PIB, en el empleo y en la competitividad es comparable al de una gran reforma estructural. Y como toda reforma de ese calibre, no es neutral ni automática, genera ganadores y perdedores, acelera brechas existentes y exige liderazgo estratégico.
Cada 11 de febrero, en el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, el debate se centra en fomentar la educación STEM y contar con más referentes femeninos para inspirar a las nuevas generaciones a estudiar carreras relacionadas con ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Todo eso es muy necesario, pero para quienes hoy estamos insertos en el mundo corporativo, la conversación debiera ir un paso más allá y entender que la brecha de género en STEM no es solo un desafío social o educativo, es un riesgo estratégico para las empresas y su competitividad futura.
Durante mucho tiempo asociamos el liderazgo a la capacidad de decidir. Saber más, hacer más, resolver más rápido. Sin embargo, esa idea empieza a crujir cuando miramos los datos: hoy, en Chile, menos de 2 de cada 10 puestos en directorios están ocupados por mujeres, y todavía cerca de 4 de cada 10 empresas no tienen ninguna mujer en esas instancias de decisión. En los espacios donde hoy se juega el poder real como directorios, comités estratégicos o mesas de decisión ese enfoque tradicional ya no alcanza.
Durante años, hablar de la presencia de mujeres en los directorios se centró en una cifra: cuántas somos. Hoy esa conversación debe evolucionar. No se trata solo de ocupar un asiento en la mesa, sino de qué perspectiva aportamos cuando estamos ahí, qué decisiones ayudamos a tomar y cómo contribuimos a construir organizaciones más humanas, sostenibles y competitivas.
Se habla mucho de inteligencia artificial, pero lo que rara vez se reconoce es que la mayor barrera no es tecnológica, sino emocional y cultural. El temor, en sus distintas formas, explica más fracasos en la adopción de IA que cualquier limitación técnica.
En muchas compañías, la “transformación digital” termina siendo una paradoja: se invierte en la mejor tecnología disponible, pero la estrategia sigue siendo la misma de siempre. El resultado no es transformación, sino frustración. Se llenan salas de directorio con presentaciones de plataformas de vanguardia, se despliegan dashboards de última generación, se instalan sistemas sofisticados… y sin embargo los equipos siguen operando bajo la mentalidad y lógica de antes, con los mismos incentivos, procesos y prioridades.