La Unión Europea y América Latina frente a la crisis

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HECTOR CASANUEVA 8


Se dice que las comparaciones son malas y hasta odiosas, pero hay casos y casos. Tal vez viendo seriamente y en profundidad como enfrenta la UE esta crisis, entendamos mejor por qué en América Latina no lo estamos haciendo bien ni como región ni como países ante la pandemia y sus efectos. Pero también, como lo que no hemos hecho bien desde hace décadas, nos pasa la cuenta hoy.

Acabamos de asistir a un contraste brutal sobre cómo dos regiones enfrentan la crisis sistémica y multidimensional que trajo la COVID-19, y preparan el futuro. Estamos hablando de dos regiones, por lo demás, que tienen una relación histórica innegable, y una asociación estratégica formalizada ya hace más de dos décadas. Me refiero a la Unión Europea (UE), por una parte, y a América Latina y el Caribe (ALC) por otra.

La UE terminó en la madrugada del martes 22 un proceso de negociación de 27 estados, más las instituciones comunitarias como el Parlamento Europeo, la Comisión Europea (ejecutivo comunitario) y el Consejo Europeo (órgano político de los 27), para definir un programa de respuesta común a la emergencia y sostener una recuperación para el futuro inmediato y remoto. Al comienzo de la pandemia, hubo discrepancias, intentos de salidas por el camino propio, roces y hasta enfrentamientos políticos. Y al momento de poner números al paquete, afloró la vieja tensión entre los países del norte (llamados ahora “los frugales”, por su posición restrictiva sobre el gasto) y los del sur mediterráneo, con fama de gastadores y relajados. Algunos del centro-este, tratando de condicionar la injerencia de Bruselas. Alemania y Francia, los históricos, en medio, salvando la esencia de la Unión: la solidaridad concreta.

Finalmente, con matices y algunas ambigüedades propias de las metódicas negociadoras europeas, los 27 aprobaron por unanimidad un programa de apoyo y de recuperación financiado con una cifra completamente inalcanzable para nuestra ALC: 750.000 millones de euros (875.000 millones de dólares), que se suma a otras partidas del presupuesto plurianual 2021-2027 en el marco de la propuesta llamada “next generation”, que se focaliza en el futuro de Europa. Esto, por parte de la UE, es un reforzamiento complementario de los presupuestos propios de los países miembros, que con diferentes posibilidades, también hacen su esfuerzo con la caja fiscal de que disponen. El programa de apoyo y recuperación tiene además el sello de lo que es la esencia de la integración europea: la solidaridad para la cohesión económica y social. Más del 40% serán subvenciones, es decir, no se devuelven, y en torno al 60% son créditos blandos y con muchas holguras. Todo ello, sujeto como es lógico al cumplimiento de los parámetros comunes de la Unión y un mecanismo de vigilancia comunitario, supranacional.

¿Cómo es posible que la UE adopte estas decisiones que aportan soluciones que los países no tienen capacidad de solventar por sí solos, pero a la vez condiciona políticas soberanas y los miembros los aceptan?

Muy simple: hace casi setenta años decidieron iniciar un proceso de integración, que han sostenido en el tiempo hasta nuestros días. Desde un comienzo se fijaron las bases: un proyecto político, con sustentabilidad económica, basado en la cooperación y en la transferencia de soberanía. Pasaron por muchas crisis de sentido, por el europesimismo, la euroesclerosis, el euroescepticismo, y una permanente lucha entre individualismo y solidaridad. Pero la voluntad política de los creadores, y de los nuevos miembros incorporados progresivamente hasta llegar a los 28, ni siquiera disminuida por el Brexit, como ha quedado demostrado en estos días, ha sido una constante sustentada de derecha izquierda, y sobretodo en la alianza de socialcristianos y socialistas que han dado gobernabilidad y futuro al proyecto. Ahora la realidad es más diversa, hay nuevos actores, sobretodo en el Parlamento Europeo, los euroescépticos y antieuropeístas existen, por cierto, pero son una minoría, que además ante estos acuerdos pierden su principal argumento, la supuesta incapacidad de la UE de actuar unida y que mejor cada uno por su lado.

¿Cuáles han sido las claves? Empezar integrando lo integrable, como fue lo del carbón y el acero entre Francia y Alemania. Un proyecto de futuro sostenido en la paz, el desarrollo y la cooperación como paradigmas comunes, que se ha ido consolidando en el tiempo con resultados tangibles para la gente. Y una capacidad de negociación infinita -que el escritor rumano Mircea Vasilescu reivindica como “el paraíso de las negociaciones”- que permite que cada acuerdo sea irreversible y se cumpla.

Para ALC la UE no debe ser un modelo, pero si un ejemplo. Emergió Europa de las dos grandes guerras calientes y de la larga guerra fría con su división este-oeste, gracias a la voluntad política. Es cierto que acicateada por el horror de las muertes y destrucción, que fueron un revulsivo para integrarse. Pero no es toda la explicación, que de manera simplista se suele dar, porque sin esas capacidades y claves de los fundadores, continuadas por los líderes de hoy, como Merkel y Macrón, y el respaldo de los ciudadanos, no existiría la UE.

En ALC no hemos tenido dos guerras mundiales, afortunadamente. Pero hemos sido un campo de batalla de la guerra fría que para nosotros parece que todavía no acaba. Y tenemos ahora ante nosotros un revulsivo mayor, la pandemia y sus efectos, una nueva década perdida de desarrollo porque estamos volviendo a los niveles de 2010, ahora con más de 40 millones de nuevos pobres, una contracción del producto de más del 10%, ocho de cada diez personas ingresarán en promedio solamente 500 dólares al mes, y casi un 14% de desempleo, más un 47% de informalidad “no confinable”.

¿No será suficiente como para que, aunque sea tardíamente, sigamos el ejemplo europeo, dejemos la retórica vacía y las rivalidades, nos integremos de una vez juntando nuestras potencialidades y hasta nuestras precariedades, y empecemos a caminar juntos?

Es que sin integración no hay futuro, ya deberíamos saberlo.


Prof. HÉCTOR CASANUEVA

Vicepresidente Ejecutivo del Foro Académico Permanente de

América Latina y el Caribe-Unión Europea (FAP ALC-UE)

Profesor-Investigador del Instituto Universitario

de Investigación en Estudios Latinoamericanos

IELAT, Universidad de Alcalá.

Director del Consejo Chileno de Prospectiva y Estrategia

Fundador-Presidente del Millennium Project

Global Futures Studies & Research (Chile)