No a la nueva frustración

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Luis Riveros (columnista)


El estallido ha sido social en sus fundamentos más esenciales, pero también lo ha sido en lo político y lo emocional. Con lo último me refiero al sentimiento de abandono que expresa gran parte de la población que protesta, especialmente los jóvenes “ni-ni” que han sido víctimas no sólo de una educación de baja calidad, sino también de la brutal descomposición que ha sufrido la familia como institución. Hay en ellos un sentimiento generalizado de desapego de nuestra sociedad, alimentado por años de episodios que han mostrado la falta de una justicia ecuánime y las muchas vergüenzas exhibidas por parte de instituciones y la propia clase dirigente. Todo eso ha llevado a la situación actual, marcada además por pensiones misérrimas, salarios y productividad no dignos del Chile del que preferimos hablar, abandono de la salud y la educación públicas, etc. Y como si esto no fuera poco, el ambiente de hastío ciudadano se remarca por el rechazo a los políticos y sus investiduras, lo cual lleva a la ecuación perfecta del caos social que denotan las protestas. Por un lado, la manifestación legítima y sonora de un pueblo cansado de soluciones “políticas” a problemas que se mantienen, en su visión, igual que antes. Por otro lado, las demostraciones brutales de violencia y destrucción que son también reflejo de un profunda frustración, y que se ligan a la educación que no hemos sabido proporcionar a la juventud chilena en su conjunto.

Ciertamente, el trasfondo histórico de todo esto no está ausente. Aquí se liga todo: la corrupción de las clases dirigentes; los abusos por parte de instituciones otrora señeras en materia moral; los actos impresentables de corrupción en instituciones armadas y de orden; colusiones empresariales sin castigo ni verdadero reconocimiento de culpa; abusos de poder que resienten la clase media y los más pobres. Todo esto se superpone al legado de largo plazo en materia de desigualdad y retraso absoluto en materia de ingresos y calidad de vida que se arrastra por años. Chile ha tenido progreso, no cabe duda alguna, pero la distribución de aquello muestra una falta de visión social y política realmente calamitosa, y que nos tiene en el actual trance. Sería bueno que se escuchara más a los historiadores y sociólogos, que a tantos expertos e intelectuales palaciegos, que parece poco han entendido y transmitido de la situación vigente. Las raíces del actual descontento están en nuestra historia económica, y no necesariamente en la más reciente etapa histórica.

¡Cómo podríamos pensar siquiera que podemos salir de la actual situación con sólo algunas políticas sociales que restauren un poco la equidad, o con sólo una reforma constitucional dotada de un “manual de nuevo trato” en nuestra convivencia y forma de actuar y sentir? Aquí inciden dos cuestiones esenciales. Por una parte que no hay agenda posible que sea capaz de proporcionar una solución de “una vez por todas” o siquiera una vía de salida estable “de aquí hacia adelante”. Deberán primar compromisos y entrar en una senda de cambios que garanticen que retomamos una línea desarrollo viable, y que aborden adecuadamente aquello que en lo político, lo social y lo emocional se ha dejado atrás. Si no se entiende esto por parte de quienes están protestando activamente, una reforma Constitucional o aún una nueva constitución, no constituirá un camino creíble puesto que han sido muchas las veces en que las clases políticas dirigentes han dejado en el olvido los acuerdos sociales para seguir en el camino de repartirse el poder a como dé lugar. La solución debe partir por esa agenda de cambios, pero debe ser también integrada por un cambio total de los actuales representantes. Para que ello ocurra, debe diseñarse un camino de reconstrucción de la estabilidad institucional, que se vaya modelando con otros nuevos actores responsables en el Parlamente y en el Gobierno.

Los políticos están tratando de hacer caudal propio para sus vertientes partidarias de la actual situación. En lugar de discutir la salida posible para Chile de este actual cruento escenario, muchos siguen centrados en la próxima elección presidencial y en la oportunidad electoral para sus adeptos. Todos siguen aferrados a las representaciones parlamentarias adquiridas, aunque las mismas se han transformado más en una fuente de cuantiosos gastos, que en una herramienta de transformaciones y fuente de aprecio por parte de las mayorías. Una reforma profunda al tamaño del Parlamento, a la ley electoral y obviamente al gasto Parlamentario es un paso vital para constituir un Congreso que sea un baluarte de credibilidad y verdadera representación ciudadana. El Gobierno debe también llevar a cabo una profunda reingeniería de gastos y estructuras, para que los recursos acudan justamente donde serán mayormente apreciados: el ámbito social. Y en el curso de la actual discusión sobre reforma Constitucional, debe existir diálogo indispensable a nivel de los Poderes del Estado, y considerar la renovación total de los mismos en el más corto plazo, especialmente para que la discusión de fondo en materia de la Carta Fundamental tenga lugar en un ambiente institucional renovado y creíble. Si no se impone seriedad republicana en estas materias y se definen etapas y procedimientos concretos para abordarlas, las reformas institucionales que se anuncian pasarán a ser solamente un buen slogan, pero también una nueva frustración para una población que se ha cansado de esperar.


Prof. Luis A. Riveros